03/01/2026
El DSM-5 al eliminar el término neurosis no solo abandona una categoría clínica sino que borra la noción de estructura subjetiva y elimina la dimensión simbólica. Proponiendo en su lugar, una taxonomía de síntomas cuantificables, desconectados de la lógica del deseo. El sujeto dividido, estructurado por la falta, ya no tiene lugar en el discurso de salubridad dominante.
La neurosis, como estructura, implica una relación relación coercitiva ante el deseo del Otro y su desaparición del campo diagnóstico puede leerse como una negación de la falta estructural, en favor de la lógica de completitud sintomática que ofrece el mercado: “si tienes ansiedad, toma este fármaco; si tienes compulsiones, sigue este protocolo”.
Lacan formalizó el discurso capitalista como aquel en el que el sujeto barrado ocupa el lugar del significante amo: no hay S1 que ordene el campo simbólico, sino una vacuidad estructural recubierta por la imagen. La subjetividad contemporánea, atrapada en esta lógica, queda sumergida en lo imaginario: la caída de las identificaciones simbólicas que orientaban la experiencia del espejo deja al sujeto errático, sin brújula, exigiendo a la imagen que garantice la identidad. De ahí la proliferación de síntomas actuales como dismorfias, disforias, anorexias, adicciones a la imagen que ya no remiten a un conflicto simbólico, sino a una captura narcisista sin mediación. “La subjetividad contemporánea está arrastrada, cautivada, envuelta en movimiento que la sumerge industrialmente en semblantes donde lo imaginario prevalece sobre lo simbólico.” (Miller, 2002)
El éxito del consumismo reside en haber capturado la falta estructural, reconfigurando la lógica del deseo mediante los efectos fantasmáticos de la publicidad. El sujeto ya no se constituye en torno a la castración, sino que se define por una carencia de goce que debe ser colmada por objetos que prometen una completitud imposible. Al eliminar la dimensión fálica de las estructuras psicopatológicas, se borra la posibilidad de cohabitar con la falta. El falo, como mediador simbólico del goce y lugar de las identificaciones, es sustituido por objetos de consumo. Las toxicomanías, en este sentido, son paradigmáticas: en la toxicomanía no existe lo masculino y lo femenino, sólo existen consumidores.
Ahora prevalece el sujeto desorientado, con identificaciones lábiles, erráticas, que se deslizan sin anclaje real. La máxima manifestación de la realidad devenida virtual es la postverdad, que emerge como una forma contemporánea que colinda la certeza psicótica: una identificación imaginaria que se impone por fuera de la realidad, sin pasar por la castración ni por el campo del Otro. Más que mentiras, son verdades sin sujeto, sin división; lo propio del registro imaginario es consolidarse negando la falta y su paradigma es la forma circular. “La fascinación por la forma esférica ha pesado sobre el espíritu humano, induciendo durante siglos al error”. (Lacan, 1960)
La verdad ya no se construye, se afirma desde la alienación imaginaria, en un intento de certeza sin duda, sin inconsciente, sin síntoma como un misterio sobre el ser, sin la dimensión trágica del ser humano, sin la palabra que hiende, en pos de un vaciamiento discursivo que define al sujeto de la época.
Pero el agujero no desaparece: cuando el sujeto queda atrapado en su imagen especular, sin poder ver la falta que la sostiene, termina encontrándola en el espejo mismo. “El viviente se considera él mismo como una bola, pero con el tiempo de todos modos se ha dado cuenta de que no era una bola, sino una burbuja.” (Lacan, 1976)
Roberto Reyes