09/02/2026
Hoy cumple años mi hijo mayor.
Y aunque él no lo sepa del todo, también cumple años el padre que me obligó a ser mejor.
Abraham fue mi primer maestro.
Me enseñó a esperar, a escuchar, a equivocarme sin huir,
a abrir camino para sus hermanos
y a entender que amar también es aprender a soltar.
Es un hombre joven con valores antiguos:
principios firmes, cabeza fría y corazón presente.
Tiene una disciplina que no hace ruido,
una tenacidad tranquila
y una capacidad poco común para razonar antes de reaccionar.
Lo admiro.
De verdad.
Por cómo piensa, por cómo siente, por cómo camina la vida sin atropellarla.
Hoy está lejos, creciendo en Estados Unidos,
haciéndose más grande por dentro y por fuera.
Y aunque la distancia apriete, también ensancha el orgullo.
Gracias, hijo, por permitirme ser tu padre.
Gracias por enseñarme tanto sin darte cuenta.
Gracias por empujarme cada día a estar a la altura.
Perdón por las veces que fallé.
Por la paciencia perdida, por los silencios torpes,
por no haber sabido hacerlo mejor siempre.
Estoy aprendiendo. Aún.
Que nunca te quede duda de esto:
mi mayor objetivo en la vida es dejarte
un apellido limpio
y un corazón lleno de calidez.
Que te sientas siempre arropado,
pero también libre.
Respaldado,
pero valiente.
Con permiso para volar, atreverte, caer
y volver a levantarte.
Eres muy bueno, Abraham.
Y no por lo que haces,
sino por lo que eres.
Gracias por elegirme como padre.
Yo no podría haber elegido mejor hijo.
Te quiero