18/02/2026
Aquellos días remotos y que han quedado impregnados en cada una de mis células. Los incansables viajes por la Madre India, en busca de sus mil rostros, adentrándonos en sus colosales montañas y deslizándonos por sus inabarcables planicies, en un renqueante jeep de la última guerra, a la búsqueda de ashrams, templos, mentores y sadhus, festivales y ceremonias sacras, con el ánimo místico encendido, durmiendo en catres y alimentándonos de galletas de pésima calidad, soportando riadas y desprendimientos, adentrándonos en remotos poblados tribales, sentándonos a los pies de maestros y caminando junto a penitentes embriagados por la presencia de Shiva y la recitación de mantras que se funden con la Infinitud. Fueron muchos viajes por esas tierras de innumerables dioses, a través de la India eterna y sagrada, alentados por la pasión que despierta la sabiduría perenne, entrevistando yoguis centenarios, como Ramacharya, que vivía entre mangostas para que defendieran de las serpientes y aseguraba que se le había renovado de manera natural toda la dentadura. De los Himalayas al Cabo Comorín, de Calcuta a Mumbai, por aquellas carreteras transitadas no solo por vehículos a motor que se saltaban todas las normas de una razonable conducción, sino por elefantes, camellos, cabras, vacas, búfalos, perros, monos, asnos, bueyes y culebras. Mi amada India, noventa y nueve veces visitada, gozada y sufrida, la patria del yoga y de la más extensa y rica literatura espiritual, la tierra de Buda y Mahavira.
(Aparezco en la fotografía junto a Luisa y mis amigos, Carlos Campo, César Vega, Dilip Goswami y miembros de su encantadora familia).
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