02/02/2026
Puedo constatar como muchas mujeres expresan que han perdido la libido. Mujeres que no sienten deseo hacia sus parejas. Con frecuencia observo que este deseo, esta libido, no está bien entendida. Cuando les pregunto que “sí” desean, no en pocas ocasiones me hablan de desear un abrazo, una caricia, pero lo que no desean es sentir la carga, a veces invisible, otras no tanto, de tener que llegar a donde el otro espera, que normalmente es al coito. Y desde esa carga no conectan, no se permiten expresar su propio deseo. Si no manifiestan no sentir el mismo deseo que el otro. Es entonces que el contacto físico se vive como un deber, el cuerpo deja de sentirse libre y empieza a protegerse. Surge entonces el miedo a iniciar cualquier gesto afectivo por temor a lo que pudiera venir después. Y la libido baja. Una paciente me hablaba como al irse a vivir juntos la libido bajó, por lo que ella nombro como el “deber conyugal” que le impedía estar relajada en el contacto. Sentía una obligación que le impedía sentirse libre y por tanto deseante.
La expectativa ajena se convierte en una carga invisible: “si empiezo, tengo que seguir”. Y desde ese lugar, normalmente, el deseo se apaga. Recuperar el deseo no ocurre presionando al cuerpo, sino devolviéndote tu derecho a elegir. Poder tocar sin deber. Poder ser tocada sin obligación. Saber que un contacto no es un contrato, que el contacto puede nacer del placer del momento y detenerse cuando el cuerpo, o tu misma, lo necesites.
El consentimiento permite decir no sin culpa y sí sin miedo. Cuando el cuerpo comprende que no debe nada, puede volver a abrirse. Y en ese espacio seguro, libre de expectativas, el deseo recupera su lugar natural: un movimiento auténtico que surge desde dentro, no desde la presión, y nunca desde afuera.
Cristina Lucas
Alumna del Máster en Sexología y Género de la Fundación Sexpol