11/03/2026
Hay sesiones que tienen una cualidad distinta.
Una atmósfera diferente.
Después de largos caminos de reproducción asistida, de pérdidas, de intentos que no prosperan y de meses o años sosteniendo una esperanza frágil… hay momentos en los que algo cambia.
A veces llega en forma de una beta positiva.
Otras veces llega primero en el cuerpo, antes incluso de que la mente pueda creerlo.
Como psicóloga perinatal, esos encuentros en consulta son profundamente especiales. Durante mucho tiempo el sistema nervioso ha vivido en un estado de espera dolorosa, casi de hibernación emocional: el organismo aprende a protegerse, a no abrirse demasiado, a no ilusionarse para no volver a caer.
Y de pronto aparece una pequeña señal de vida.
En ese instante se percibe algo muy claro en la sesión: la energía cambia.
El cuerpo empieza a moverse hacia la vida otra vez.
No es solo alegría.
Es una mezcla muy profunda de alivio, miedo, incredulidad, ternura y una ilusión que vuelve con mucha delicadeza.
Desde la psicología perinatal entendemos que estos momentos son también un punto de transición biológica y emocional muy grande. No solo porque aparece la posibilidad de un embarazo, sino porque el sistema nervioso empieza a salir del estado de defensa sostenida en el que ha vivido durante tanto tiempo.
Es como si el cuerpo dijera:
“Quizá ahora sí puedo volver a abrirme.”
Acompañar ese paso es uno de los momentos terapéuticos más hermosos que existen. Porque no se trata solo de celebrar una noticia, sino de ayudar a integrar el camino recorrido: el dolor, las pérdidas, la espera… y también la posibilidad de volver a vincularse con la vida.
Cuando el camino vuelve a abrirse, algo muy profundo se reorganiza por dentro.
Y entonces, poco a poco, el deseo vuelve a encontrar espacio para crecer.