14/03/2026
Meditar es un acto de coraje. Aunque parezca quietud, aunque desde fuera se vea como silencio, por dentro es un salto. Y no cualquier salto: es como el del nadador que, desde lo alto, mira el agua inmóvil antes de lanzarse.
Allí arriba sentimos la altura. Sentimos el vértigo de enfrentarnos a nuestra propia mente: pensamientos que no paran, emociones que incomodan, recuerdos que pesan. La tentación es bajar por la escalera, volver a lo conocido, distraernos. Pero el meditador valiente respira hondo. No porque no tenga miedo, sino porque entiende que la luz no se encuentra evitando la profundidad.
El coraje no es ausencia de temor, es la decisión de avanzar hacia tu propia luz, una y otra vez.
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