01/12/2019
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Siguiendo con el artículo anterior, en el que describíamos las conductas repetitivas, debemos hacernos otra pregunta importante: ¿de quién la aprendí?
En el caso de la primera parte de este artículo, ella aprendió a mirar de esa manera y él aprendió a sacarse de las casillas, de sus primeras relaciones (los padres o figuras significativas). Hace tanto tiempo que pasó esto, que les costará descubrirlo, sin embargo, descubrirlo es el principio del cambio.
Todas nuestras conductas son aprendidas, nuestros primeros maestros son nuestros padres. Si ellos son cariñosos, es altamente probable que nosotros lo seamos. Si al contrario, ellos son distantes o poco expresivos, también aprenderemos a serlo.
Si ellos son respetuosos y comunicativos, así lo seremos con nuestra pareja e hijos. Hasta ahora es muy fácil, suponiendo que nuestros padres son armoniosos. No obstante, y con frecuencia, suele suceder que uno de ellos tenga algunas de las características mencionadas y el otro no. ¿Entonces será un albur a quién me parezca? Seguro que no. Y acá influirá nuestra personalidad.
“La conferencia de Natham Gillespie, La genética de la personalidad, cerró la edición de este año del congreso sobre genética que se celebra en la sede de Valencia de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo (UIMP). El investigador australiano fijó en el 60% la importancia del peso de la herencia en la personalidad de los humanos.”
Esta carga genética que todos tenemos inscripta en nuestros genes, es predisponente pero no determinante. La conferencia sigue así:
“Sin embargo, no se olvidó de los factores ambientales, que dividió en dos. Uno de ellos es el entorno compartido, es decir, todo aquello que absorbe de su convivencia familiar y que las personas tienen en común con sus hermanos. Otro es el entorno no compartido, derivado de las experiencias individuales, que es el aspecto que realmente 'nos hace diferentes', como apuntó el investigador. Para el ponente, la genética siempre será, como mucho, 'una predisposición del individuo a manifestar determinados rasgos de la personalidad', por lo que el entorno 'será determinante para favorecer que tales rasgos afloren o no'”
Uno de los factores con mayor predisposición es el ambiente familiar. Como decía antes, nuestro mayor condicionante son nuestros padres. La forma en que funciona su pareja, la forma en que se comportan en la intimidad, la manera en que se manifiestan en público, el respeto (o no) que se muestran, si se escuchan (o no), si hay juegos de poder entre ellos, si hay manipulación, si hay unión, si comparten actividades……. Todo esto y más, lo aprendemos desde pequeños, cuando aún no hemos desarrollado conciencia ni capacidad para evaluar y decidir.
Si tenemos hermanos mayores, su influencia será decisiva, por cuanto repetiremos en la relación la forma de relacionarse de nuestros padres y adoptaremos el rol de uno u otro, especialmente si hay poderosos juegos de poder.
Aquí ya hemos puesto los cimientos de nuestra “forma de estar en el mundo”. Sobre ella se asentarán las influencias que recibamos del “entorno no compartido” al que alude Natham Gillespie. Son nuestros maestros, profesores, amigos, tipo de deporte, entrenadores, compañeros de estudio o trabajo, etc.
Todas estas influencias nos dan el concepto equivocado de “yo soy así”, como si fuéramos una cosa acabada e inmodificable, pero si prestamos atención al artículo, podemos darnos cuenta que lo que somos, en general, no lo hemos elegido, simplemente han sido aprendizajes de los que nos podemos desprender y tener al fin la posibilidad de ser como queremos ser, seres flexibles y adaptables a las distintas circunstancias de la vida.
Para la pareja, comprender esto es fundamental. Tomar conciencia de que “somos así” porque no sabíamos que se puede cambiar, que es saludable cambiar para lograr el valor más preciado del ser humano SER FELIZ.
Si ella no quiere herir a Javier, si él no quiere “sacarse” pueden aprender modos diferentes de comunicarse para resolver las diferencias que ciertamente ocurren y lograr transformar su relación en un espacio de respeto mutuo, comprensión, contención, en fin: una pareja feliz.
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