18/02/2026
Sigue llamando la atención una mujer sola en un bar.
Pero no por lo que está haciendo, sino por lo que se supone que podría pasarle.
Cuando son dos, tampoco basta.
Cuando son tres, todavía aparece la misma idea: van “solas”.
Porque la palabra no habla de compañía.
Habla de protección.
Se ha aprendido a asociar la seguridad de una mujer a la presencia masculina, como si la tranquilidad no pudiera existir entre mujeres, como si el vínculo femenino no contara como resguardo, como si una mujer consigo misma fuera insuficiente.
Y cuando ocurre algo, la primera pregunta no es quién dañó.
Es por qué estaba allí.
Por qué a esa hora.
Por qué sola/s.
¿Cuántas mujeres hacen falta para que dejemos de llamarlas “solas”?
¿O es que solo parecen seguras si hay una figura masculina?
La pregunta nunca es qué hacen.
La pregunta es quién las protege.