20/02/2026
De pequeño me daban miedo los tiburones.
No me daban miedo cuando estaba en el mar, casi no iba al mar. Me daban miedo cuando estaba en la cama tapado, a 300 kilómetros del mar. Mi madre me decía que "aunque increíblemente un tiburón consiguiera entrar por Oporto, remontando el Duero, Esla, Cea hasta Mayorga, como c**o iba a abrir la puerta de casa?".
Era un miedo irracional. Como otro que tengo desde hace un tiempo.
Me entra sobre todo cuando estoy lejos. Si me voy con María de fin de semana sin niños. Si me voy con la bici una mañana. Me da por pensar:
"¿Cuándo va a ser la última vez que coja en brazos a mis hijos?"
El miedo no es ver que ese día se aproxima sino que cuando me dé cuenta, ese día ya habrá pasado.
Y entonces empieza el juicio. Al pensar las veces que estaba con ellos pero no estaba. Estaba revisando un mail, contestando un WhatsApp que no era urgente. Realmente nada es tan urgente que obligue a parar un torneo de bolos en el pasillo de casa una tarde de invierno.
Ese es mi drama: querer hacer muchas cosas para que el día cuente y olvidarme de lo que realmente cuenta. Que tus hijos son niños una vez. Una. Que nadie en su lecho de muerte se arrepintió nunca de haber hecho pocas tablas en Excel.
Así que estoy tratando de estar más. De estar presente. De estar una tarde en el parque sin mirar el móvil. De hacer una cena en el patio, una plancha, una cama elástica. De dar un paseo en bici para ir a ver los burros.
Quizá la cosa sea no buscar grandes planes ni aventuras. Sea solo estar.
El último abrazo no avisa.
Que vivan los pueblos.
(porque en el pueblo todavía sabemos lo que importa).