13/02/2026
En este tipo de situaciones no solo hay una pérdida material. Hay algo más sutil que se rompe: la sensación de seguridad. La idea de que las cosas están bajo control. Cuando ocurre algo inesperado, nuestro cerebro activa el sistema de alerta. Aparece la rabia, la impotencia, el miedo, incluso la culpa por estar sintiendo tanto por “solo” cosas materiales.
Y aquí es donde creo que está una parte importante del aprendizaje.
No se trata de minimizar lo que sentimos diciendo “podría haber sido peor”. Tampoco de exigirnos estar fuertes y resolutivos desde el primer minuto. Nuestro cuerpo necesita procesar el impacto. Necesita tiempo para pasar del shock a la comprensión.
He notado cómo convivían emociones contradictorias: gratitud porque estamos bien, tristeza por lo perdido, enfado por la injusticia, frustración por los planes truncados. Y entender que todas pueden coexistir me ha ayudado a no pelearme conmigo misma.
En terapia hablamos mucho de algo: no siempre podemos controlar lo que ocurre, pero sí podemos aprender a regular cómo respondemos. Regular no es reprimir. Es permitirme sentir primero, respirar, poner nombre a lo que me pasa… y después ocuparme de lo que toca hacer.
La vida puede girar en un segundo. Y quizá la verdadera estabilidad no está en que nada cambie, sino en saber que, cuando cambie, tenemos recursos para sostenernos.
Hoy no estoy donde pensaba estar. Pero sí estoy intentando acompañarme con más amabilidad que exigencia. Y eso, también, es una forma de cuidado.