23/12/2025
Durante años, la vitamina D se relacionó casi solo con la salud ósea. Hoy sabemos que también interviene en el sistema nervioso: niveles adecuados se asocian a una mejor regulación de la inflamación, protección de las neuronas y apoyo de funciones como la memoria, sobre todo cuando existe déficit.
El magnesio, por su parte, es esencial en el organismo: participa en cientos de procesos enzimáticos y en la regulación de neurotransmisores. Por eso, niveles bajos pueden relacionarse con mayor estrés, peor calidad del descanso y un estado de ánimo más vulnerable.
Cuando los consideramos juntos, la sinergia es lógica: el magnesio es necesario para activar y metabolizar la vitamina D, y ambos influyen en vías antiinflamatorias que conectan cerebro e intestino.
Y aquí aparece la clave clínica: el intestino.
El intestino no solo absorbe nutrientes; también modula el eje intestino–cerebro. La disbiosis, la inflamación intestinal, la digestión ineficiente o la hipoclorhidria pueden reducir la absorción de magnesio y alterar el metabolismo de la vitamina D, afectando a la energía, la claridad mental y el bienestar emocional.
Por eso, antes de pensar únicamente en “tomar algo”, es importante revisar la base: cómo está tu salud intestinal. Un intestino equilibrado favorece la absorción, reduce la inflamación sistémica y potencia los efectos de vitaminas y minerales en el organismo.
¡La salud empieza en el intestino!
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