31/12/2025
Si me meto en mi burbuja personal
y me abstraigo de lo macro (y de lo no tan macro), puedo, una vez más, sentirme privilegiada o agradecida, dirían algunas.
El arte, la literatura y los distintos territorios
me nutren y me recargan la energía necesaria para sostener la dureza
de una profesión en la que me toca acompañar violencias que nos atraviesan muy de cerca. Cuando miro bien el mundo que nos rodea llega la catástrofe.
Me evado porque, si conecto demasiado,
me resulta insoportable
y me deprimo profundamente.
Tengo buenos canales de evasión.
No puedo nombrarlos todos, pero destaco:
mi hermana y su Breathwork;
conciertos regalados y auto-regalados;
Eslovenia, gracias a Juanita;
el descubrimiento de Helen Frankenthaler
en la maravillosa Bilbao;
un retiro de escritura con Las Índigas;
la paz de Huelga Utrera;
la casa de Joseda en Asturias;
la siempre casa Córdoba.
He pintado bastante este año y me he atrevido a vender algunas láminas.
Me comprometo con la economía solidaria.
Llega el huracán Lolo a casa.
Mi hijo cumplió 20 años.
Yo cumplí 50 y monté un guateque en casa,
de los de antes, rodeada de gente que adoro.
Este año suma una nueva muesca en el corazón herido: la pérdida de mi querida África.
Termino el año con mi nuevo libro
abriéndose paso en la vida y eso…
no sé si es lo mejor, pero me hace tremendamente feliz.
Estuve unos meses tomando antidepresivos. La vida estaba plana.
Ahora, cada poro de mi piel sonríe con esto.
Saltaría, si no fuera por la fascitis plantar que me tiene medio coja cinco meses.
Gracias, amigas (usando el femenino como genérico).
Os quiero.
Feliz 2026. Que compartamos mucho.