17/11/2025
Contra la “gestión emocional”
Cada vez escucho más expresiones como “invertir en uno mismo”, “gestionar las emociones” o “tener capital afectivo”. Y no puedo evitar preguntarme qué perdemos cuando empezamos a hablar de lo íntimo con un lenguaje financiero.
Porque cuando las emociones se traducen a cifras, algo se achica. Algo se vuelve mercancía, se simplifica...
La tristeza deja de ser una experiencia humana para convertirse en un “coste”. La alegría pasa a ser un “beneficio”, los vínculos un "recurso", la salud una "optimización"... y la vulnerabilidad: una “mala gestión”. Bajo esa lógica, no solo debemos rendir en el trabajo: también debemos rendir internamente. Somos nuestros propios jefes opresivos, somos nuestra empresa. Y asi el imperativo triunfa: Ser positivos, eficientes, equilibrados… incluso cuando estamos rotos.
Pero las emociones no son activos.
No están para producir nada.
Están para decirnos algo.
Esa mirada financiera también borra las diferencias entre personas. No todos partimos del mismo “capital emocional”: nuestras historias, pérdidas, vínculos y condiciones de vida no son comparables. Convertir la subjetividad en una cuenta corriente hace que la responsabilidad recaiga siempre en uno mismo, como si el sufrimiento fuera simplemente un error de cálculo.
Y ahí es donde algo se vuelve injusto.
Las relaciones, además, no son transacciones. El amor no es rentable. La amistad no se mide en retornos. Si reducimos los vínculos a intercambios, el otro se convierte en un proveedor de afecto, y no en un encuentro.
Por eso prefiero otra lengua.
Una que hable de presencia, de escucha, de apertura interna, de erotismo...
Una que recuerde que sentir no es fallar, sino vivir.
La pregunta no es:
“¿Estoy gestionando bien mis emociones?”
sino algo más honesto:
“¿Estoy pudiendo escucharlas?”