30/01/2026
LA REALIDAD NO CAMBIA, CAMBIA COMO LA MIRAMOS.
Hay algo profundamente revelador en cómo vemos el mundo, aunque casi nunca nos paremos a pensarlo.
Las nubes no son blancas.
El agua no es azul.
Nada de eso tiene realmente ese color.
El agua es transparente.
Las nubes también lo son.
Lo que ocurre es que la luz, al atravesarlas, se dispersa, se filtra, se bloquea o se refleja de distintas maneras.
Y nuestros ojos traducen eso como color, como claridad o como oscuridad.
Es decir:
la nube no cambia,
el agua no cambia,
la luz tampoco.
Lo que cambia es cómo lo percibimos.
Y eso mismo nos pasa con la vida.
Creemos que las cosas “son” blancas, grises u oscuras.
Que una experiencia es buena o mala.
Que un momento es luminoso o terrible.
Pero muchas veces no es la realidad la que cambia, sino la densidad con la que la atravesamos y la luz que dejamos pasar.
Cuando algo se vuelve denso —una emoción, una etapa, una vivencia— la luz no atraviesa igual.
Y entonces lo vemos oscuro.
No porque lo sea, sino porque la luz no llega de la misma forma.
La realidad sigue siendo la misma.
Somos nosotros los que, al mirarla, la convertimos en una cosa u otra.
Como si la vida no se definiera sola,
sino que necesitara de nuestra mirada para tomar forma.
Quizá por eso todo está conectado.
Porque el patrón se repite en todo:
en la física, en la naturaleza, en el cuerpo, en la conciencia.
Nada es completamente lo que parece.
Nada es fijo.
Nada es definitivo.
La realidad no se impone.
Se percibe.
Y tal vez el verdadero trabajo no sea cambiar las cosas,
sino mirarlas con más luz.
Belén F. Salinger