30/01/2014
El siguiente artículo salió en una revista de Psicoanálisis hace algún tiempo y quiero compartirlo:
EL ACTO DE AMAR
José Luis Mellado Santamaría
Psicoanalista
“Libre te quiero… Pero no mía,
ni de Dios, ni de nadie,
ni tuya siquiera” (A. García Calvo)
Cosa curiosa el amor. Poetas, cantores, filósofos, teólogos, psicoanalistas, etc., le han dedicado raudales de tinta. De lo escrito en el ámbito de la literatura, me atrevería a decir, que más de la mitad tiene que ver con esta extraña pasión. Tiene algo de loca, tanto desde el punto de vista de la psicosis, como obviamente de la neurosis. Tiene algo de extraña, de anómala. Es absurda, desrealizante, ajena a la razón, ilógica. Es evocada y convocada tanto por hombres como por mujeres. Pero ¿hablamos de lo mismo los hombres que las mujeres?
El encabezamiento hace referencia a un maravilloso poema de García Calvo, en el que aprovecha ese sentimiento, para plantear de que manera puede querer: la quiere libre. De acuerdo. ¿Pero desde dónde se puede entender esa libertad? ¿Desde un noble deseo? ¿Desde una condición sinecuanon? ¿Desde un imperativo? Te deseo libertad, pero te pongo como condición esa libertad para amarte o más aun: te ordeno que seas libre o ¿simplemente se trata de un anhelo, de una declaración de principios e intenciones? Esto en el mejor de los casos, repito, entendiéndolo como una noble aspiración: la libertad. Pero ¿no hay una total y radical contradicción entre los dos términos: libertad y amor?
Esta contradicción ha sido y es la vía de entrada perfecta para la humillación, el sometimiento, la degradación indigna, la posesión y la muerte, en muchos casos con la cómplice colaboración de ambos amantes, en una vertiente compleja y aparentemente incomprensible del amor tirano. En otros muchos, con la simple imposición del amor en su vertiente mercantil de la propiedad privada. Estas formas del amor, no tan infrecuentes, en las que tanto la libertad, como el sometimiento determinado por la propiedad privada, posiciona de manera diferente a hombres y a mujeres, por cuanto está marcada por la relación entre el amor, el narcisismo, la falta y la identificación, como veremos al final del presente texto.
Radicalizando un poco más los planteamientos, forzándolos un poco más, diríamos que tanto hombres como mujeres, se rigen por dos tipos de leyes: las leyes naturales y las de convención, de convivencia o políticas. El día y la noche, las estaciones, los fenómenos naturales, como la lluvia, el fuego, son leyes que nos adecuan desde lo natural. Hay otras que son de índole política: no matar, no robar, respetar a la mujer del prójimo, amar a un Dios o respetar a los padres. Nada hay en la naturaleza que nos marque este tipo de leyes: las hemos ido construyendo con el devenir de los tiempos, para lograr espacios de convivencia posibles, dada la tendencia de los humanos al gregarismo, a protegernos de lo extraño, de lo diferente, de lo inusual y del terrible desamparo. Pero forzando como he dicho los argumentos, mucho antes del advenimiento, de la instauración y de la regulación de la propiedad privada, mucho antes del Codex Romano, cuando los humanos nos movíamos en la frontera del instinto y el deseo, cuando estábamos a caballo entre la palabra y el gruñido, mucho antes de tener conciencia de nuestra mortalidad, los machos de las especies superiores, protegían a sus hembras, mataban por ellas, de la misma manera que las hembras cuidaban la prole hasta su propia inmolación, fieles a un tiránico instinto que las subyugaba a los machos dominantes y garantizaba la subsistencia de la prole y la continuidad de la especie. Ahora, enloquecidos, los machos matan a las hembras en nombre de esta incomprensible pasión. ¿En qué momento el amor altera estas leyes naturales vinculadas al instinto? ¿Cuándo el amor sustituye y altera este orden natural y cuánto de él conserva? Podríamos afirmar, sin excesivo riesgo, que fue la entrada del ser humano en el universo simbólico de la palabra el que alteró el sometimiento a estas leyes del instinto, pero podríamos decir que se precipitó sin remedio en el camino de la locura, de lo incomprensible, del terrible camino de la libertad y de la conciencia de muerte. Entró en los desfiladeros del significante y de la sexuación, en los complejos laberintos de la diferencia y la falta como elemento estructurante de ese ser que puede amar. Seguramente no sería sensato atribuir en su totalidad a la incursión del ser en el lenguaje, todas estas consideraciones acerca de lo que éste ser evidencia de enloquecimiento en torno al amor. Tal vez sea la imperceptible permanencia de algunas de estas leyes, vinculadas a lo natural, a lo instintivo, en el sujeto, lo que le conduzca a una suerte de enloquecimiento en forma de contradicción. La casi inexistente o disfrazada vigencia de estos restos instintuales de la época del gruñido, sean en mayor o menor medida, las que hacen que esta incomprensible locura el amor, produzca en tantos casos efectos, por un lado tan devastadores y por otro tan ilusionantes, tan productores de expectante entusiasmo. La simultaneidad de lo que queda como resto de naturaleza y lo que da cobijo como arropadora cultura, sean algunas de las razones con las que entender mínimamente la radicalidad del amor.
¿Es el amor subversivo? ¿Es la posición más radical que se puede dar en los humanos? ¿Es un acto revolucionario? ¿Es un acto de afirmación del mayor de todos los sinsentidos que nos permite el vivir, que nos permite el acto mismo de la vida? ¿Es lo que concilia, justamente la posibilidad de que la locura mas extrema, cohabite sin demasiado problema, con la cordura de la sensatez, del pacto político? ¿El amor, es lo inexorable, lo que hace de frontera entre la adecuación a la realidad y el delirio mas extremo? ¿Es el salvoconducto que nos permite pasar de un lado al otro de la frontera de la locura-cordura? O Bien por el contrario, ¿es lo que marca desde el código ético, lo más noble del ser, lo más excelso, lo más generoso o bien, lo más abominable, egoísta y ruin de cuantos sentimientos pueda tener el humano?
¿Es el amor un acto?
Desde la complejidad de tales preguntas tendríamos que poder acotar algunas cuestiones en torno a lo que llamamos acto desde la concepción psicoanalítica.
En general, el acto, no goza de una muy buena reputación entre los psicoanalistas, pese a que en torno a esa palabra podemos rescatar conceptos de una importancia decisiva en la construcción del pensamiento psicoanalítico. Acto fallido, pasaje al acto, acting-out, acto analítico, actuación, son las más importantes teorizaciones en torno a la palabra acto.
El significante Acto, no goza de una muy buena reputación por cuanto su significado está demasiado anudado a la vertiente que apunta hacia lo perverso, hacia lo psicopático. Retomemos, libre de prejuicios, la palabra acto, para con ella poder reflexionar, sobre algunos conceptos que tan bien han apuntalado la teoría psicoanalítica y que tantos beneficios han aportado a la clínica.
Cuestiones tan importantes como el inconsciente, la transferencia, la angustia, el deseo, el amor, no se hubieran desarrollado de no contar con el acto.
Un acto, fundamentalmente es tiempo. Es el tiempo que va desde la indeterminación, desde la más mínima ausencia de una geometría, a la concepción mensurable, a aquello que está sujeto a la concreción de una cierta métrica. Un acto es el tiempo que sucede desde la imaginación indeterminada, a la realización concreta.
Por otra parte, el acto es propiamente humano, de naturaleza ética y está vinculado a la idea de la responsabilidad que entraña la intención. Pero convendría diferenciar esta responsabilidad del sujeto, de la responsabilidad jurídica, (en el sentido de que “uno es responsable legal de sus actos”), pues la introducción del inconsciente en la teoría freudiana, no circunscribe la intencionalidad al ámbito exclusivo de la conciencia, dado que el inconsciente también tiene su intencionalidad; esto le separa absolutamente de lo que sería lo jurídico, lo legal.
Es justamente el choque entre la intencionalidad de la conciencia y la intención del deseo inconsciente lo que nos permite hablar del acto fallido; ¿cuál es lo que falla en el acto fallido? Justamente la conciencia. Es el éxito del deseo inconsciente lo que predomina frente a la conciencia en ese acto fallido. Es obvio que eso no tiene responsabilidad jurídica, pero si tiene responsabilidad en tanto Sujeto, pues hacerse cargo de este choque, es lo que le va a permitir poner algunas palabras en el curso del análisis, en la dirección de la cura: no basta con el “lo hice sin querer”, porque eso no le excluye al sujeto de “lo hice deseando”. En este sentido, el concepto de Acto, es un concepto ético.
En el acting-out, lo que se nos revela es la forma de hacer entender al Otro (inexpugnable Torreón desde el que no se puede oír y sólo se pueden hacer llegar señales) en ausencia de palabras, justamente el acting-out es un mensaje actuado para que, ante la imposibilidad del “acordarse de”, del recuerdo acompañado de palabras, aparezca un recado para que el Otro descifre lo que pareciera no puede oír. El sujeto, ajeno totalmente a lo que quiere que se entienda, simplemente lo pone en escena para que el Otro lo interprete, lo descifre. Esa es la gran diferencia con el pasaje al acto, que nos señala Lacan. En el pasaje al acto, hay una inundación, un aluvión de angustia, una actuación impulsiva; ese justamente es el lugar donde el sujeto se inmola para un imaginario goce del Otro, del “A”, no del otro en tanto semejante, sino del Otro en tanto cuerpo como nos dice literalmente J. Lacan en “La lógica del fantasma” y en otro pasaje de “El reverso del Psicoanálisis”, que dice: “¿Qué es lo que tiene cuerpo y no existe? Respuesta: el Otro”. Pero también de ese gran Otro de donde vienen las palabras, ese Otro, tesoro del significante y lugar emblemático donde se constituye el sujeto. En esa actuación, llega hasta el sacrificio, con el que el sujeto paga el precio de la desesperación absoluta, colapsando todo lo que no sea pura actuación, las más de las veces irremediable. Por eso nos dice Lacan que el único acto perfecto es el suicidio. No quiero dejar pasar una cuestión, que aunque volveré después sobre ella, es de una gran importancia: ¿no es justamente esta inmolación, este sacrificio irremediable ante ese Otro el más claro ejemplo del amor tirano, del morir de amor?
En la paciente homosexual de Freud (Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina) se puede ver claramente lo que estaría delimitado en el terreno del acting y en el del pasaje al acto: Primer momento: El pavoneo del galante paseo frente al padre: hay destinatario al que se le lanza un mensaje para que sea decodificado, en tanto que hay un código absolutamente ajeno e inconsciente en la joven homosexual dirigido al padre. Segundo momento: ante la iracunda mirada del padre, irrupción desbordante de la angustia y arrojarse por encima del puente: no hay concreción, solo pura actuación en la medida en que se ha cancelado toda posibilidad de simbolización.
Por último hablaremos de lo que sería el eje en la clínica psicoanalítica, lo que daría cuerpo a la praxis terapéutica y a la dirección de la cura.
En el acto analítico es la aparición de la palabra (palabra plena) en medio del juego de las intenciones en las que el inconsciente y la conciencia están en oposición, lo que determina el tiempo de la concreción. El psicoanálisis, del que he dicho en numerosas ocasiones que teoría y práctica clínica son una y la misma cosa, aparece como una sorprendente y novedosa manera de romper con la monodireccionalidad de la reiteración inconsciente, en una época en la que la conciencia era prácticamente, junto con la explicación mágico-religiosa, la única manera de dar cuenta de los avatares del sujeto. El advenimiento del psicoanálisis significó una manera de cuestionar lo inefable, de interrogarse sobre el destino trágico que imponía la marca de la razón y de la conciencia, pues era impensable una intencionalidad al margen de la conciencia, de la que pudiéramos ser protagonistas inequívocos, ser responsables en tanto un saber que no comporta el mas mínimo conocimiento. Con ese saber, supuesto saber en el sujeto, se abre otro modo en el que la duda, en forma de palabra irrumpe en la escena del individuo, franqueando la barrera que le lleva indefectiblemente por el camino compulsivo de la repetición, donde el sujeto sale del lugar de “alma bella” y puede hacer circular la palabra, tal y como nos lo señala S. Freud: el psicoanálisis cambia “la miseria de la repetición neurótica por el infortunio de todos los días”.
El acto psicoanalítico es justamente el tiempo en el que tanto lo indeterminado de lo inefable, como de lo puramente casual de la conciencia, se torna en concreción en la que la duda que introduce la palabra (de la mano del analista que simplemente pregunta), precipita al sujeto en un saber diferente al que rescatarle una parte de conocimiento franqueando la represión y darle un espacio en el que hay otra intencionalidad: la del deseo inconsciente. Pasar a hacerse cargo del deseo, hacerse responsable del saber del inconsciente: eso es exactamente el acto analítico: salirse del carril habitual.
Se ha hablado del amor en forma de patología, en forma de imposible, en forma de un juego de inexistencias en las que uno da lo que no tiene a alguien que no es (Lacan, en el Seminario 8). Se ha hablado del amor en forma de colapso imaginario evocador y representante de fantasmas del “allí y entonces”. Se ha hablado del amor en nombre de la inutilidad pasional de la misma naturaleza que el odio con el que camina de la mano (ambivalencia freudiana). Se ha hablado del amor en forma de productor de enajenación, de locura, llegando a identificarse los términos: amor igual a locura. En muchas ocasiones, otras voces del psicoanálisis distantes de los desarrollos de Lacan, nos ha presentado al amor como el gran desalojador del narcisismo, cuestión harto complicado por cuanto el camino del narcisismo y el del amor suele discurrir paralelos o más aun, siguen exactamente el mismo camino, pues tengo serias dudas de si alguna vez se ama algo diferente de uno mismo. Se ha inaugurado, con el advenimiento del psicoanálisis, un modo de amor para definir la peculiaridad relacional del vínculo analítico, tratando de hacer de él, el vehículo desde donde intervenir en tal proceso terapéutico. Pero ¿se nos ocurrió pensar en el amor en forma de acto, en esa peculiar manera de ser un tiempo de concreción? No me estoy refiriendo al acto amoroso en su vínculo con lo más ge***al, incluso con el deseo con el que se sitúa en franca asimetría y en muchas ocasiones en total oposición, me refiero al amor en el preciso momento en el que deviene acto en si mismo, acto en tiempo de concreción y de delimitación espacial en la que nunca es satisfecho. Tal es la concreción del amor como acto: en el preciso momento en el que aparece la falta en el amado, ahí se concreta, ahí se delimita. Se ama por lo que falta, desde la falta y por lo tanto el amor siempre está abocado a la insatisfacción, garantía de perpetuidad, de amor eterno, mas allá de cuantos actores se presten al juego. El amor se concreta y se perpetúa en la falta y en la medida en que ésta delimita igualmente el lugar de la identificación, el amor es en cierto modo un acto identificatorio.
Los límites que de alguna manera geometrizan ese acto de amar, son la falta y la identificación. El amor es un acto fallido, es un acting-out, es un pasaje al acto y de alguna manera es un acto analítico.
Acto fallido, porque si bien pareciera ir dirigido a un concreto, desde lo que uno tiene, lo que se confirma es el predominio de lo inconsciente, en el que el otro no es sino uno mismo y sus carencias; porque si bien pareciera que se encamina a la satisfacción y la pacificación, lo que se confirma es la perpetuación de la insatisfacción y la zozobra de otro escenario pasado.
Es un acting, porque aunque aparentemente está repleto de palabras (el discurso amoroso) sólo es un mensaje para Otro que sea capaz de descifrar allí donde es sordo a las palabras. La seducción, los mecanismos de la conquista, los diversos señuelos con los que uno atrae a su amado, el sufrimiento, incluso la enfermedad, son mensajes que hay que descifrar en clave de ausencia de palabras e incluso en la complicidad de los silencios y de los gestos.
Es una actuación, porque en el amor siempre hay una cuota de sacrificio, una inmolación donde el predominio de la angustia es la característica esencia de los enamorados. Recordemos el amor en los grandes místicos, en la enamorada Teresa de Jesús, que exclama sin pudor “vivo sin vivir en mí, y tan alta dicha espero, que muero porque no muero”. En Romeo y Julieta, en Margarita Gautier, en los jóvenes que saltan al vacío ante la incomprensión de los que les rodean.
Pero el amor, se asemeja también un acto analítico, porque se abre a la duda, a minimizar al objeto, como objeto prescindible y porque esa duda, en numerosas ocasiones, es el interrogante que marca el ¿a quién amo? y que precipita al sujeto en una nueva pregunta acerca de si mismo: ¿quién es el que ama? O ¿por qué amo, qué es lo que hace que esté sumido en ese desconcierto? Bien es verdad que en numerosas ocasiones este aspecto que le acerca al acto analítico, que es la duda y la sucesión de interrogantes, queda detenida en el acto de la inmolación. Digamos que se paraliza en el morir de amor, morir por amor o matar por amor.
No son tiempos fáciles para los vínculos amorosos, para los actos amorosos, pues estos tiempos de mundos globalizados, son tiempos de tributo al discurso universitario y el amor, como la ley, son caprichosos y arbitrarios y el discurso universitario, arropador de la nueva ciencia del capital, se maneja en la certeza, en la exactitud, en lo unívoco.
La nueva modernidad de la mano del feroz capital, ha silenciado el mundo de la duda, de la palabra y por encima de todas las cosas, ha puesto en estado de congelación el mundo del erotismo, cambiándolo por el consumo de la ge***alidad extrema, de lo más execrable de los cuerpos vacíos de significante y de s**o, pues el s**o y la erótica nos han sido robadas y llevadas a las probetas de la ciencia, de las universidades. El estado moderno interviene y se mete en la cama de los ciudadanos de la sociedad del bienestar y de la seguridad, mientras ellos, nobles ciudadanos que trabajan y cotizan, piden a gritos que este estado se haga cargo de ellos: a cambio, le darán su vida y con ella su capacidad de equivocarse, su locura y su amor.
Sea este poema mi homenaje al acto de amar, en su vertiente más loca, más carnal, menos domesticada.
Haciendo amor
Sangre
Tiñe sangre
sangre amada
fluida, caliente
por tu piel y por mi mano
sangre generosa
sangre desmedida
evocaremos: sangre paridera
sangre sueño,
letras, libros,
padre sangre y llanto
sangre densa y desvalida
y protectora y fluida
y escondida
entre los pliegues
y los rincones de la casa: sangre seca
sangre que se escurre
entre las piernas
y en el mar temeroso
de tus sábanas
sangre olor
sabor a sangre
a clavos oxidados por la sangre
sangre tinta derramada
sangre lágrima
sangre que se canta
sangre risa
y ríos de sangre espesa y clara
sangre como volcanes
sangre de amapolas salpicada
sangre de tu sangre hijo carne
y nuestros hijos
sangre de nuevo derramada
en los libros y en la tinta de la sangre
sangre estirpe africana
y sangre corazones enterrados
en árboles como leones
sangre, sangre, sangre mansa
sangre de tu s**o
sangre palpitada
sangre entre mis labios
sangre de tus bocas bocanada
sangre néctar y ambrosía
sangre amamantada
sangre de mis canas
y en tu pelo de oro
y en tu piel de plata
sangre nacarada
sangre de marfiles
y de historia ensangrentada
sangre de aventura
sangre por el rayo atravesada
sangre descuido
sangre, sangre,
sangre de mi amada sangre amada
sangre desventura
sangre colapsada
sangre tempestad
y en mitad de la batalla
sangre rebeldía mestizaje
sangre atormentada
sangre huidiza y pegajosa
de tu entraña perforada
sangre miel y menta
sangre tomillo
sangre de la infancia
sangre profanada
pero hoy sangre generosa
sangre lealtad
sangre confiada
hoy sangre semen
hoy de tu sangre embadurnada
sangre a fuego lento
sangre perfumada
sangre a corazón abierto
sangre libremente liberada