29/03/2026
Hay personas que dicen:
“No recuerdo casi nada de mi infancia o adolescencia”.
Y la primera reacción suele ser pensar en mala memoria.
Pero no va de eso.
La memoria no es solo almacenar información.
Depende de cómo atendemos, de cómo organizamos, de cómo damos sentido a lo que vivimos.
En perfiles de neurodesarrollo como el TDAH o el TEA, estos procesos funcionan de forma diferente.
Si no hay atención en el momento, el recuerdo no se consolida.
Si cuesta organizar la experiencia, el recuerdo aparece fragmentado.
Y hay algo más que a menudo olvidamos:
el entorno.
El estrés, la incomprensión o la falta de apoyo también influyen en cómo recordamos.
Por eso, cuando alguien no recuerda, no estamos ante un fallo simple.
Estamos ante otra forma de procesar la experiencia.
Y entenderlo cambia la mirada.