13/01/2026
Cuando el cuerpo entra en congelamiento, no está fallando: está intentando sobrevivir. Es una reacción profunda del sistema nervioso cuando la energía disponible no alcanza para sostener lo cotidiano. Entonces, la vitalidad se repliega y todo se vuelve más lento, más denso, más silencioso, a veces más doloroso, pero sin salida.
Hay un espacio interno donde nos sentimos presentes, despiert@s, capaces de responder a la vida. Un espacio funcional.
Cuando descendemos por debajo de ese espacio, el organismo reduce su impulso para protegerse. Es como si la chispa interna quedara en pausa, guardada en un rincón muy hondo.
Desde ese lugar, lo simple se vuelve inmenso. El cuerpo no busca movimiento, la luz molesta, el contacto social pesa. Las frases “no puedo”, "no sé", se instalan en la boca y en los músculos, como si todo el ser estuviera diciendo lo mismo.
Y cuanto más nos apagamos, más difícil es recuperar energía. Es un círculo que se retroalimenta. No es falta de ganas. No es desinterés. Es un mecanismo biológico que intenta ahorrar recursos.
La salida no llega desde la exigencia, sino desde el acompañamiento. Comprender cómo funciona nuestra fisiología ya abre un pequeño espacio de alivio. Las prácticas somáticas y psicocorporales suaves ayudan a que el cuerpo recuerde que puede volver, enraizar. La respiración, el contacto con el suelo, los gestos mínimos, la luz que entra por la ventana, el ritmo propio… todo eso empieza a descongelar.
El regreso sucede así: despacio, con cuidado, como algo imprevisto en un lugar silencioso. Surge donde nadie la esperaba, abriéndose paso en lo improbable, recordándonos que la vida encuentra siempre una rendija para brotar. Confiando.