17/04/2026
Hola Guerrer@s!!
María Guerrero, la hija del tapicero metido a gestor teatral, nació el 17 de abril de 1867. Discípula de Teodora Lamadrid, debutó en 1885 en el Teatro de la Comedia con 'Sin familia', de Echegaray, y cinco años después, con sólo 23, se convirtió en la primera actriz del Teatro Español.
Sobre ese escenario encandiló a Zorrilla en el otoño de 1890. Benito Pérez Galdós recordaba que su doña Inés le valió el beso en la frente del anciano dramartugo y José Francos Rodríguez y Eduardo Marquina comentaron por carta que "se puso a escuchar a doña Inés rendido, ostentando en los ojos la mirada especial de la gratitud, que es, a un tiempo mismo, alegría y sumisión. Aquella doña Inés era la soñada por el poeta".
Actriz, empresaria y mujer hecha a sí misma, pero también autoritaria, intransigente y dominante. María Guerrero despuntó en un mundo de hombres. Ellos copaban las tablas: eran los autores, los emprendedores, los que ponían el dinero y mandaban, hasta que apareció ella.
María la Brava, como la apodó Mariano de Cavia y fue conocida en el mundillo con tanta admiración como mala baba, es una de las grandes leyendas de nuestras tablas y una de las primeras mujeres que se convirtió en empresaria teatral.
La altanería del padre de María Guerrero, la senilidad de Echegaray y el ambiente aristocrático que iba envolviendo a la actriz, convertida poco a poco en el modelo de la elegancia femenina entre la alta burguesía nacional, todo vino a concluir en la segunda mitad de 1894 en la desastrosa ruptura (desastrosa culturalmente) de María Guererro con este ambiente naturalista y su integración inmediata en el lado más conservador, más aristocrático y nacionalista de la alta burguesía
Con su marido, compra en 1909 el Teatro de la Princesa, hoy llamado María Guerrero y propiedad del Estado. Lo inauguran el mismo mes de noviembre precisamente con 'Doña María la Brava', una obra que escribió a la pareja expresamente Marquina, y pocos años después el matrimonio se traslada a vivir a los pisos superiores. Así pudieron afrontar los gastos que supuso abrir en Buenos Aires el lujoso Teatro Cervantes en 1921.
Siete años después, el 23 de enero, y sólo nueve días después de su última función ('Doña Diabla', de Fernández Ardavín), fallecía, con honores y rodeada de una comitiva que se contó por miles, de un ataque de uremia. Fue un fenómeno sociocultural del que aún se desconocen sus múltiples repercusiones en la evolución de los años críticos que forman la frontera entre el siglo pasado y el actual.