23/04/2026
Reflexión
ENVEJECER NO ES ALEJARSE DE QUIENES FUIMOS, SINO ACERCARSE POCO A POCO A QUIENES REALMENTE SOMOS.
Hay algo profundamente inquietante —y, al mismo tiempo, lleno de ternura— en mirarme en dos tiempos tan distantes y reconocerme en ambos. Cuando contemplo la imagen de la juventud y la de la madurez, no veo solo el paso de los años sino percibo una conversación silenciosa entre quien fui y quien he llegado a ser.
En la imagen de la madurez, el tiempo se ha vuelto visible. Habita en mis arrugas, sí, pero sobre todo en la calma de la mirada, en esa forma más pausada de estar en el mundo. Ya no siento la necesidad de demostrar nada, y hay una cierta reconciliación con lo vivido e incluso con lo que dolió.
Mi rostro ha sido modelado por pérdidas, por aprendizajes, por afectos que dejaron huella.
El tiempo, lejos de ser un adversario, se ha convertido en una materia paciente que me ha ido esculpiendo.
En la imagen de la juventud, en cambio, todo parece aún por estrenar. Me reconozco en esa promesa intacta, en esa forma casi luminosa de mirar sin saber todavía. Hay en ese gesto una mezcla de elegancia y de inocencia, como si el mundo aún no hubiera depositado todo su peso sobre mis hombros. Y me enternece verlo, porque sé lo que ignora, pero también lo que ya intuía sin yo saberlo.
Sin embargo, lo que más me conmueve de ambas imágenes no es la diferencia, sino el hilo invisible que las une. Porque sigo siendo yo por mas que el rostro haya cambiado y aunque la vida haya ido dejando sus marcas, hay algo que persiste, algo difícil de nombrar pero imposible de negar.
No soy dos personas distintas sino una misma pregunta, una misma incertidumbre que se ha ido desplegando en el tiempo.
Entre la juventud y la madurez cabe una vida entera llena de decisiones, errores, amores, despedidas, encuentros inesperados… Todo eso está ahí, contenido de alguna manera en ambos rostros, y al mirarlos juntos, tengo la extraña certeza de que ninguno de los dos está completo sin el otro.
Tal vez el tiempo no me haya transformado tanto como me ha ido revelando. Y quizá lo más probable es que me haya despojado de lo accesorio, de lo que creía ser y no era, o de las máscaras que un día necesité.
Y puede que lo que queda —sobre todo en la mirada— sea una forma más sencilla, más honesta, casi más tierna, de existir. Porque al final, envejecer no ha sido perderme, sino encontrarme.
Poco a poco.
Sin prisa.
Como quien regresa, después de muchos rodeos, a su propia casa.
ASM