Vicente Laparra

Vicente Laparra Profesor de Medicina Tradicional China - Quiromasaje - Radiónica - Reiki - Osteopatía visceral.

EL PESCADOR DE ESSAOUIRAEn el puerto de Essaouira, al oeste de Marruecos, el joven Yassin quería irse.Decía que el mar e...
04/03/2026

EL PESCADOR DE ESSAOUIRA

En el puerto de Essaouira, al oeste de Marruecos, el joven Yassin quería irse.

Decía que el mar era pequeño.
Que el pueblo era lento.
Que la vida real estaba en otro sitio.

Cada mañana ayudaba a su tío Hamid a desenredar redes mientras miraba el horizonte como quien mira una salida.

—Tío, aquí no pasa nada —decía.

Hamid no discutía. Solo trabajaba.

Un día, una tormenta inesperada obligó a todas las barcas a regresar antes de tiempo.
El puerto se volvió un caos de cuerdas tensas y voces elevadas.

Yassin vio a su tío sentarse en silencio sobre una caja, mirando el mar embravecido.

—¿No estás preocupado? —preguntó.

Hamid respondió sin dramatismo:

—El mar no me debe tranquilidad.

Yassin frunció el ceño.

—¿Entonces qué te debe?

El hombre mayor sonrió apenas.

—Nada. Yo soy quien eligió venir cada día.

El viento golpeaba fuerte.

—Si dependes del mar para sentirte en paz —añadió—, vivirás enfadado.
Si vienes porque es tu elección… incluso la tormenta tiene sentido.

Yassin miró las olas romper contra el muelle.

Por primera vez entendió algo incómodo:
no quería irse del pueblo.
Quería que el pueblo le garantizara algo.

Y el mar, como la vida, no garantiza nada.

Esa noche no habló de marcharse.
Se quedó ayudando a reparar las redes.

No porque el lugar cambiara.
Sino porque dejó de exigirle que fuera distinto.

LA MUJER DEL AEROPUERTOEn la puerta de embarque, Laura revisaba compulsivamente su móvil.Actualizaba el correo. Miraba l...
02/03/2026

LA MUJER DEL AEROPUERTO

En la puerta de embarque, Laura revisaba compulsivamente su móvil.
Actualizaba el correo. Miraba la hora. Suspiraba.

El vuelo se retrasó una hora.

—Increíble… siempre igual —murmuró.

A su lado, una mujer mayor tejía con calma.

—¿Tiene prisa? —preguntó sin levantar la vista.

—Claro. Tengo planes. No puedo perder tiempo.

La mujer sonrió suavemente.

—El tiempo no se pierde. Se vive… o se pelea.

Laura dejó de escribir.

—Fácil decirlo cuando no tienes nada urgente.

La mujer levantó la mirada por primera vez.

—Yo también tenía planes hace años.
Hasta que aprendí algo en otro aeropuerto:
el retraso no me robaba la vida…
me obligaba a verla.

Laura guardó silencio.

El anuncio volvió a sonar: treinta minutos más.

Esta vez no protestó.

Miró por la ventana. Aviones despegando. Personas abrazándose. Gente llorando.

Se dio cuenta de algo incómodo:
no le molestaba el retraso.
Le molestaba no controlar el ritmo.

La mujer dobló el tejido.

—No siempre elegimos cuándo despega el avión —dijo—.
Pero siempre elegimos cómo esperamos.

Cuando llamaron a embarcar, Laura ya no miraba el reloj.

Miraba el cielo.

EL TAXISTA Y EL ATAJOEn una ciudad ruidosa, el joven Ken subió a un taxi con prisa.—Por favor, tome el camino más rápido...
27/02/2026

EL TAXISTA Y EL ATAJO

En una ciudad ruidosa, el joven Ken subió a un taxi con prisa.

—Por favor, tome el camino más rápido.

El conductor asintió y arrancó sin hablar.

Durante el trayecto, Ken no dejó de mirar el reloj, suspirar y moverse inquieto en el asiento.

En un semáforo en rojo, el taxista preguntó:

—¿Llega tarde… o vive tarde?

Ken frunció el ceño.

—Solo tengo prisa.

El hombre sonrió levemente.

—Todos dicen lo mismo.

El semáforo cambió. El coche avanzó con calma.

—Puedo tomar un atajo —dijo el conductor—.
Pero llegará con la misma mente que ahora.

Ken lo miró, molesto.

—¿Y eso qué significa?

—Que correr por fuera no siempre acorta nada por dentro.

Ken guardó silencio.

El taxi siguió por la ruta habitual.

Al llegar, Ken pagó y, antes de bajar, preguntó:

—¿Por qué no tomó el atajo?

El conductor lo miró por el retrovisor.

—Porque no quería ayudarle a llegar rápido…
quería darle la oportunidad de llegar distinto.

Ken bajó sin saber qué responder.

Por primera vez en mucho tiempo, caminó sin mirar el reloj.

EL VACÍO QUE INQUIETABAEl aprendiz Daiki evitaba los momentos sin tarea.Si terminaba algo, buscaba otra cosa que hacer.S...
25/02/2026

EL VACÍO QUE INQUIETABA

El aprendiz Daiki evitaba los momentos sin tarea.
Si terminaba algo, buscaba otra cosa que hacer.
Si había silencio, lo llenaba.
Si aparecía un hueco… lo ocupaba.

Un día, el maestro Senju lo detuvo.

—Siéntate.

—¿Para qué, maestro?

—Para nada.

Daiki obedeció, incómodo.

Pasaron los minutos.
Luego la inquietud.
Luego una extraña ansiedad.

—¿Qué ocurre? —preguntó Senju.

—Siento que estoy perdiendo el tiempo.

El maestro sonrió levemente.

—No temes perder el tiempo.
Temes encontrarte sin distracciones.

Daiki guardó silencio.

—Mientras estás ocupado —continuó—, no te escuchas.
Pero cuando no hay tarea, aparece algo que llevas tiempo evitando.

Daiki bajó la mirada.

El maestro señaló el espacio vacío frente a ellos.

—Ese vacío que te incomoda no es ausencia.
Es el lugar donde empiezas a verte.

Daiki permaneció sentado.

No apareció paz inmediata.
Apareció ruido interior.

Pero por primera vez no huyó.

Y comprendió que su necesidad constante de hacer
no era disciplina…
era escape.

EL LUGAR QUE SIEMPRE EVITABAEn el comedor del templo había un sitio que siempre quedaba vacío.No era incómodo, ni oscuro...
23/02/2026

EL LUGAR QUE SIEMPRE EVITABA

En el comedor del templo había un sitio que siempre quedaba vacío.
No era incómodo, ni oscuro, ni apartado.
Simplemente… nadie lo elegía.

El aprendiz Kai lo notó con el tiempo.

Un día preguntó al maestro Rōshin:

—¿Por qué nadie se sienta ahí?

Rōshin respondió:

—Siéntate tú.

Kai dudó, pero obedeció.

Al principio no ocurrió nada.
Luego apareció una leve incomodidad, difícil de explicar.

—¿Qué sientes? —preguntó el maestro.

Kai tardó en responder.

—Es extraño… como si este lugar me expusiera.

Rōshin asintió.

—Ese sitio no tiene pared detrás.
Quien se sienta ahí no puede esconder su postura, su gesto, su presencia.

Kai comprendió.

—Muchos buscan asientos que los protejan —dijo el maestro—.
Pocos eligen lugares donde deben estar completos.

Kai miró alrededor.

Durante años había elegido esquinas, respaldos, límites invisibles.

Ese día terminó de comer sin cambiarse.

Y entendió que no evitaba un asiento…
evitaba sentirse visto sin refugio.

Desde entonces, el sitio dejó de estar vacío.

EL MIEDO A EQUIVOCARSE OTRA VEZDesde su último error, el aprendiz Rei se había vuelto impecable.Cada movimiento era medi...
20/02/2026

EL MIEDO A EQUIVOCARSE OTRA VEZ

Desde su último error, el aprendiz Rei se había vuelto impecable.
Cada movimiento era medido, cada palabra pensada, cada gesto cuidadosamente contenido.

Ya no fallaba.

Pero tampoco fluía.

Una mañana, el maestro Daien lo observó durante la práctica.

—Te mueves como quien pisa hielo fino.

Rei bajó la mirada.

—No quiero equivocarme otra vez, maestro.

Daien asintió.

—Entonces has cambiado un error por una prisión.

Rei se tensó.

—Antes caías —continuó el maestro—.
Ahora no caminas.

El aprendiz guardó silencio.

—El problema nunca fue el error —añadió Daien—,
sino la idea de que equivocarte decía algo definitivo sobre ti.

Rei respiró hondo.

—¿Y si vuelvo a fallar?

El maestro sonrió con serenidad.

—Entonces volverás a estar vivo.

Ese día, Rei dejó de moverse perfecto.
Se movió presente.

Y comprendió que evitar el error también es una forma de miedo…
solo que disfrazada de disciplina.

EL RUIDO QUE MOLESTABAEl aprendiz Yohei no soportaba el sonido del viento.Decía que lo distraía, que rompía su concentra...
18/02/2026

EL RUIDO QUE MOLESTABA

El aprendiz Yohei no soportaba el sonido del viento.
Decía que lo distraía, que rompía su concentración, que le impedía meditar en paz.

Una tarde fue a ver al maestro Sōen.

—Maestro, ¿cómo puedo evitar ese ruido?

Sōen lo escuchó sin interrumpir.

Al amanecer siguiente, lo llevó al jardín.

—Escucha —dijo.

Yohei frunció el ceño.

—Ahí está otra vez.

El maestro asintió.

—Ahora escucha más.

Yohei intentó concentrarse… y el viento pareció aún más presente.

—No puedo ignorarlo —dijo frustrado.

Sōen sonrió levemente.

—Porque no molesta el sonido.
Molesta tu resistencia a que exista.

Yohei guardó silencio.

—El ruido no lucha contigo —continuó el maestro—.
Tú luchas con él.

El aprendiz cerró los ojos.

Por primera vez no intentó bloquear el viento.
Lo dejó estar.

El sonido no desapareció.
Pero algo dentro de él sí.

Y comprendió que muchas molestias no nacen de lo que ocurre fuera…
sino del combate constante contra lo inevitable.

EL DÍA QUE NO LLEGABAEl aprendiz Daisuke repetía siempre la misma frase:“Mañana estaré mejor.”Mañana entrenaré más.Mañan...
16/02/2026

EL DÍA QUE NO LLEGABA

El aprendiz Daisuke repetía siempre la misma frase:

“Mañana estaré mejor.”

Mañana entrenaré más.
Mañana meditaré mejor.
Mañana dejaré de sentirme así.

Vivía sostenido por un día que nunca llegaba.

Una tarde, el maestro Reikan le preguntó:

—¿Cuándo empieza ese mañana?

Daisuke dudó.

—Cuando esté preparado, maestro.

Reikan asintió.

—Entonces nunca llegará.

El aprendiz frunció el ceño.

—El mañana es un lugar muy cómodo —continuó el maestro—.
Allí todo mejora, todo cambia, todo se resuelve…
sin que tengas que enfrentarlo hoy.

Daisuke bajó la mirada.

—¿Y qué hago con lo que aún no sé resolver?

Reikan respondió con calma:

—Vivirlo antes de entenderlo.
Hay cosas que no se aclaran pensando en ellas,
sino atravesándolas.

Daisuke guardó silencio.

Aquella noche no se sintió mejor.
No se sintió preparado.

Pero por primera vez dejó de posponer su propia vida.

Y entendió que el mañana no es un tiempo…
es una decisión.

EL PESO QUE NO SE VEÍAEl aprendiz Haru siempre caminaba inclinado hacia delante.No mucho. Apenas lo suficiente para que ...
13/02/2026

EL PESO QUE NO SE VEÍA

El aprendiz Haru siempre caminaba inclinado hacia delante.
No mucho. Apenas lo suficiente para que nadie lo notara… salvo él.

Un día, mientras barrían el patio, el maestro Shin lo observó.

—¿Qué llevas cargando? —preguntó.

Haru se sorprendió.

—Nada, maestro.

Shin dejó la escoba y se colocó detrás de él.

—Entonces, ¿por qué caminas como si algo te tirara hacia el suelo?

Haru guardó silencio.

—Hay pesos que no se ven —continuó el maestro—.
Responsabilidades que nadie te pidió.
Expectativas que ya no son de nadie… pero que sigues sosteniendo.

Haru sintió un n**o en la espalda.

—¿Cómo se sueltan? —preguntó.

Shin apoyó una mano ligera entre sus omóplatos.

—Primero hay que admitir que están ahí.
El cuerpo se inclina cuando el alma no se permite descansar.

Haru respiró hondo y, sin darse cuenta, enderezó un poco la postura.

No se sintió libre.
No se sintió ligero.

Pero sintió algo nuevo:
la posibilidad de no cargarlo todo solo.

Y entendió que algunos pesos no se caen…
se dejan.

EL LÍMITE QUE APARECIÓ TARDEEl aprendiz Nori era conocido por ayudar a todos.Siempre decía que sí. A cualquier favor. A ...
11/02/2026

EL LÍMITE QUE APARECIÓ TARDE

El aprendiz Nori era conocido por ayudar a todos.
Siempre decía que sí. A cualquier favor. A cualquier petición.
No por bondad, sino por miedo a decepcionar.

Un día, después de una jornada larga, cayó exhausto en el pasillo del templo.
El maestro Kaen lo encontró allí, sentado contra la pared.

—¿Por qué sigues ayudando cuando ya no puedes? —preguntó.

Nori tardó en responder.

—Porque si digo que no… dejo de ser útil.

Kaen se sentó a su lado.

—¿Y desde cuándo confundiste ser útil con desaparecer?

Nori bajó la cabeza.

—El límite no es un castigo —continuó el maestro—.
Es el lugar donde tú empiezas.

—Pero llega tarde —dijo Nori—. Siempre lo noto cuando ya estoy agotado.

Kaen asintió.

—Porque lo escuchas como reproche, no como señal.
El cuerpo avisa antes.
El cansancio solo grita lo que ya ignoraste en voz baja.

Nori guardó silencio.

—La próxima vez que sientas una incomodidad pequeña —añadió Kaen—, no la empujes.
Ahí vive tu límite, esperando que lo respetes sin tener que romperte.

Ese día, Nori no ayudó menos.
Ayudó distinto.

Y por primera vez entendió que decir “hasta aquí”
no lo hacía menos valioso…
lo hacía presente.

EL SILENCIO QUE RESPONDÍAEl aprendiz Luka hablaba mucho consigo mismo.Pensaba mientras caminaba, pensaba mientras comía,...
09/02/2026

EL SILENCIO QUE RESPONDÍA

El aprendiz Luka hablaba mucho consigo mismo.
Pensaba mientras caminaba, pensaba mientras comía, pensaba incluso cuando se sentaba a meditar.
No eran pensamientos caóticos, eran razonables… pero no se detenían.

Un día se lo confesó al maestro Anji.

—Maestro, mi mente no se calla nunca. Busco respuestas, pero todo es ruido.

Anji lo llevó a una sala vacía del templo.
No había adornos, ni textos, ni imágenes.

—Pregunta lo que quieras —dijo.

Luka respiró hondo.

—¿Qué debo hacer con mi vida?

El maestro no respondió.

Luka esperó.
Nada.

—¿Estoy en el camino correcto? —insistió.

Silencio.

—¿Por qué no me contestas? —preguntó, molesto.

Anji lo miró por primera vez.

—Porque sigues hablando desde el lugar que quiere oírse a sí mismo.
El silencio no responde a las preguntas…
responde cuando te quedas lo suficiente como para escucharlo.

Luka sintió incomodidad. Luego inquietud. Luego algo nuevo.

No era una respuesta clara.
Era una sensación de encaje, como si algo dejara de empujar por dentro.

—¿Eso es todo? —preguntó en voz baja.

Anji asintió.

—Cuando una respuesta llega en forma de calma, no necesita palabras.

Luka salió de la sala sin certezas nuevas.
Pero con menos ruido.

Y entendió que no todo lo importante se responde…
algunas cosas simplemente se aquietan.

EL MAPA QUE NO COINCIDÍAAl aprendiz Kenji le habían asignado una tarea sencilla:llevar un mensaje al monasterio vecino s...
06/02/2026

EL MAPA QUE NO COINCIDÍA

Al aprendiz Kenji le habían asignado una tarea sencilla:
llevar un mensaje al monasterio vecino siguiendo un mapa antiguo.

Salió confiado. El mapa estaba claro, detallado, preciso.
Pero al poco tiempo el camino dejó de coincidir con el dibujo.
Donde el mapa marcaba un sendero, había arbustos.
Donde indicaba un giro, solo había campo abierto.

Kenji dudó.
Intentó corregir el terreno para que encajara con el mapa.
No funcionó.

Al caer la tarde regresó frustrado y fue a ver al maestro Shido.

—El mapa está mal —dijo—. El camino ya no es como antes.

Shido lo miró con calma.

—¿Llegaste al lugar?

—No.

—Entonces el mapa no estaba mal —respondió—. Estaba viejo.

Kenji frunció el ceño.

—Los mapas sirven para orientarse —continuó el maestro—, no para imponerles al mundo que siga igual.
Cuando la vida cambia, el error no está en el camino…
está en insistir en usar el mismo mapa.

Kenji guardó silencio.

—¿Y qué hago ahora? —preguntó.

Shido señaló su pecho.

—Camina mirando. No siguiendo.
El mapa fue útil cuando no sabías mirar.
Ahora te toca aprender a hacerlo sin él.

Al día siguiente, Kenji volvió a salir.
No llevó el mapa.

No llegó más rápido.
Pero llegó presente.

Y comprendió que algunas pérdidas no son retrocesos…
son actualizaciones.

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