04/03/2026
EL PESCADOR DE ESSAOUIRA
En el puerto de Essaouira, al oeste de Marruecos, el joven Yassin quería irse.
Decía que el mar era pequeño.
Que el pueblo era lento.
Que la vida real estaba en otro sitio.
Cada mañana ayudaba a su tío Hamid a desenredar redes mientras miraba el horizonte como quien mira una salida.
—Tío, aquí no pasa nada —decía.
Hamid no discutía. Solo trabajaba.
Un día, una tormenta inesperada obligó a todas las barcas a regresar antes de tiempo.
El puerto se volvió un caos de cuerdas tensas y voces elevadas.
Yassin vio a su tío sentarse en silencio sobre una caja, mirando el mar embravecido.
—¿No estás preocupado? —preguntó.
Hamid respondió sin dramatismo:
—El mar no me debe tranquilidad.
Yassin frunció el ceño.
—¿Entonces qué te debe?
El hombre mayor sonrió apenas.
—Nada. Yo soy quien eligió venir cada día.
El viento golpeaba fuerte.
—Si dependes del mar para sentirte en paz —añadió—, vivirás enfadado.
Si vienes porque es tu elección… incluso la tormenta tiene sentido.
Yassin miró las olas romper contra el muelle.
Por primera vez entendió algo incómodo:
no quería irse del pueblo.
Quería que el pueblo le garantizara algo.
Y el mar, como la vida, no garantiza nada.
Esa noche no habló de marcharse.
Se quedó ayudando a reparar las redes.
No porque el lugar cambiara.
Sino porque dejó de exigirle que fuera distinto.