Vicente Laparra

Vicente Laparra Profesor de Medicina Tradicional China - Quiromasaje - Radiónica - Reiki - Osteopatía visceral.

EL ESPEJO OPACOEn una sala del templo había un espejo antiguo que nadie usaba.El cristal estaba empañado por el tiempo y...
07/01/2026

EL ESPEJO OPACO

En una sala del templo había un espejo antiguo que nadie usaba.
El cristal estaba empañado por el tiempo y apenas reflejaba formas borrosas.

El aprendiz Yori decidió limpiarlo.

Pasó un paño húmedo, luego otro, luego arena fina…
pero el espejo seguía igual de opaco.

Frustrado, fue al maestro Retsu.

—Maestro, este espejo ya no sirve. No muestra nada.

Retsu se acercó y lo observó en silencio.

—¿Qué quieres ver en él?

—A mí mismo —respondió Yori.

—Entonces no mires el cristal —dijo el maestro—. Mira lo que intentas encontrar.

Yori frunció el ceño.

Retsu sopló suavemente sobre el espejo.
Durante un instante, apareció un reflejo tenue… y se desvaneció.

—El espejo no está sucio —dijo el maestro—. Estás intentando que te devuelva una imagen que aún no te atreves a sostener.

Yori quedó inmóvil.

—Cuando no sabemos quiénes somos —continuó—, no es que el espejo no refleje… es que evitamos ver con nitidez.

El aprendiz bajó la mirada.

—¿Y qué debo hacer?

Retsu apoyó la mano sobre el cristal.

—No intentes que te muestre algo mejor.
Quédate lo suficiente… hasta que puedas mirarte sin corregirte.

Yori volvió a la sala esa noche.

No pulió.
No frotó.
Solo se quedó frente al espejo opaco.

Y por primera vez, no necesitó verlo claro para reconocerse.

LA CAMPANA QUE NO SONABAEn el templo había una campana grande que solo se hacía sonar en ocasiones importantes.El aprend...
05/01/2026

LA CAMPANA QUE NO SONABA

En el templo había una campana grande que solo se hacía sonar en ocasiones importantes.
El aprendiz Hiro la miraba todos los días, convencido de que algún día sería él quien la haría resonar.

Pero pasaba el tiempo… y nadie la tocaba.

Un día le preguntó al maestro Shun:

—Maestro, ¿por qué tenemos una campana que nunca suena?

Shun lo llevó hasta ella.

—Golpéala —dijo.

Hiro tomó el mazo y la golpeó con fuerza.
El sonido fue breve, duro, metálico… y murió rápido en el aire.

El maestro negó suavemente.

—Otra vez.

Hiro golpeó con más fuerza aún. El sonido fue más estridente… pero igual de corto.

Shun tomó el mazo y esta vez apenas rozó el borde de la campana.

El sonido fue profundo, lento, expansivo…
llenó el patio, el pasillo, el aire entero.

Hiro lo escuchó con la piel.

—¿Cómo puede sonar más… con menos golpe? —preguntó.

El maestro respondió:

—Porque la campana no responde a la fuerza… responde al contacto.

Hiro bajó la cabeza.

Shun apoyó la mano en su hombro.

—Así también eres tú.
Te golpeas para cambiar, para lograr, para ser “más fuerte”…
pero lo que de verdad resuena en tu vida no viene del impacto…
sino de la forma en que te tocas a ti mismo.

Hiro no volvió a desear hacerla sonar.

Comprendió que algunas cosas no están ahí para ser vencidas…
sino para ser escuchadas.

LA PIEDRA QUE NO QUERÍA MOVERSETaku era el encargado del jardín del templo, y llevaba semanas molesto con una gran piedr...
02/01/2026

LA PIEDRA QUE NO QUERÍA MOVERSE

Taku era el encargado del jardín del templo, y llevaba semanas molesto con una gran piedra situada en el centro del sendero. No era pesada… pero estorbaba. Cada día la miraba con fastidio.

Un mediodía fue a ver al maestro Riku.

—Maestro, quiero mover esa piedra. Está mal colocada.

Riku lo acompañó al jardín y la observó en silencio.

—¿Quién te dijo que estaba mal?

—Nadie —respondió Taku—. Está en medio del camino. Interrumpe el paso.

El maestro sonrió.

—Entonces no interrumpe el camino. Lo crea.

Taku frunció el ceño.

—No lo entiendo.

Riku se sentó a su lado.

—El camino recto es cómodo… pero no enseña nada. Esa piedra obliga a girar, a frenar, a levantar la mirada. Sin ella, pasarías sin darte cuenta de que estás pasando.

El joven guardó silencio.

—Quiero que la observes durante tres días —dijo el maestro—. No la juzgues. Solo convive con ella.

Taku obedeció.

Durante esos días vio cómo los ancianos bordeaban la piedra despacio, cómo los niños saltaban sobre ella riendo, cómo algunos la acariciaban como si fuese parte viva del jardín.

Y entonces lo entendió.

No era un obstáculo. Era una pausa.

Cuando volvió con el maestro, inclinó la cabeza.

—No quiero moverla.

Riku asintió.

—Hay cosas en la vida que no están en medio del camino. Son el motivo de caminar distinto.

Por primera vez, Taku agradeció aquello que antes quería quitar.

LAS PIEDRAS QUE NADIE VEEn el templo, Haruto tenía una tarea que nadie quería: reparar el sendero del jardín después de ...
31/12/2025

LAS PIEDRAS QUE NADIE VE

En el templo, Haruto tenía una tarea que nadie quería: reparar el sendero del jardín después de cada tormenta.
Las ramas caían, las hojas bloqueaban los pasos y las piedras quedaban cubiertas de barro.

Un día, mientras trabajaba bajo la lluvia, murmuró con frustración:

—No tiene sentido. Lo arreglo… y mañana volverá a estar igual.

El maestro Jun lo observaba desde el pasillo.

—¿Qué te molesta más? —preguntó.

—Que nada permanece. Dedico horas a dejarlo perfecto… y la vida lo desordena otra vez.

Jun caminó junto a él, sin prisa.

—Mira tus manos —dijo—. Cada día se ensucian… y aun así vuelves a lavarlas. No esperas que queden limpias para siempre.

Haruto guardó silencio.

—El camino del jardín no existe para estar terminado —continuó el maestro—. Existe para recordarte que algunas cosas necesitan cuidado, no resultados.

Haruto se quedó quieto. Por primera vez, no vio barro… sino atención.

Jun sonrió.

—Hay senderos que nunca se acaban. Lo único que cambia… es quién los recorre.

Desde entonces, Haruto dejó de buscar perfección.
Y empezó a descubrir paz en aquello que debía rehacerse una y otra vez.

EL ÁRBOL QUE NO CRECÍAEl aprendiz Naoki se encargaba de cuidar el pequeño jardín del templo.Entre todas las plantas, hab...
29/12/2025

EL ÁRBOL QUE NO CRECÍA

El aprendiz Naoki se encargaba de cuidar el pequeño jardín del templo.
Entre todas las plantas, había un arbolito joven que llevaba meses sin crecer. Lo regaba, lo abonaba, lo movía de lugar… pero seguía igual de pequeño.

Un día, frustrado, fue al maestro Seizan.

—Maestro, hago todo lo posible por este árbol, pero no cambia. ¿Qué más puedo hacer?

Seizan se acercó al jardín, observó el arbolito y luego miró alrededor.

—Has quitado las hierbas que lo rodeaban.

—Sí —respondió Naoki—. Pensé que competían con él.

El maestro sonrió con suavidad.

—No competían. Lo protegían.

Naoki frunció el ceño.

—¿Protegerlo… de qué?

Seizan señaló el viento abierto del valle.

—Del mundo demasiado pronto.
A veces no crecemos porque algo nos limita…
y a veces no crecemos porque hemos quitado aquello que nos sostenía.

Naoki guardó silencio.

Durante semanas dejó que la hierba volviera a nacer alrededor del árbol.
No lo forzó. No lo trasladó. No lo empujó a ser más de lo que ya era.

Un día, sin darse cuenta, vio un brote nuevo.

Entonces comprendió que no todo avance ocurre por empuje.
Algunos crecimientos llegan cuando dejamos de arrancar lo que aún necesitamos.

LA SOMBRA QUE LLEGABA TARDEEl aprendiz Naru descubrió algo extraño mientras caminaba por el patio del templo al amanecer...
26/12/2025

LA SOMBRA QUE LLEGABA TARDE

El aprendiz Naru descubrió algo extraño mientras caminaba por el patio del templo al amanecer: su sombra no lo acompañaba.
Iba unos pasos detrás.

Se detuvo, la esperó… y entonces lo alcanzó.

Intrigado, fue a ver al maestro Itsuen.

—Maestro, mi sombra llega tarde. Camino… y ella me sigue después. ¿Es una señal?

Itsuen no se sorprendió.

—Muéstramelo.

Naru caminó bajo la luz baja del amanecer.
Su sombra quedó atrás unos segundos… y luego lo alcanzó.

—¿Lo ve? —preguntó—. Siento que algo en mí va desfasado.

Itsuen cerró los ojos un instante.

—Tu cuerpo va más rápido que tu vida interior. Tu sombra no llega tarde… eres tú quien se adelanta a sí mismo.

Naru guardó silencio.

—¿Cómo hago para caminar al mismo tiempo que yo? —preguntó.

El maestro señaló el suelo.

—Camina más lento que tus pensamientos… y más rápido que tus miedos.

Naru volvió a recorrer el mismo camino.
Esta vez no corrió hacia el siguiente minuto.
Dejó que el presente lo alcanzara.

Su sombra, por primera vez… caminó a su lado.

En estas fiestas, celebremos los caminos que se abren, las oportunidades que llegan y la luz que seguimos construyendo j...
25/12/2025

En estas fiestas, celebremos los caminos que se abren, las oportunidades que llegan y la luz que seguimos construyendo juntos. Gracias por acompañarme un año más. ¡Por un 2026 lleno de aprendizajes, encuentros y horizontes nuevos! 🎄✨

El aprendiz Naoki se quejaba siempre de su sombra.Caminara donde caminara, allí estaba. Se movía cuando él se movía y lo...
22/12/2025

El aprendiz Naoki se quejaba siempre de su sombra.
Caminara donde caminara, allí estaba. Se movía cuando él se movía y lo seguía incluso cuando intentaba alejarse de todo.

Un día se lo dijo a su maestra.

—No consigo librarme de ella —confesó—. Me sigue a todas partes.

La maestra no respondió. Simplemente lo llevó al patio y lo colocó bajo el sol del mediodía.

—Mírala bien —dijo.

La sombra era oscura, alargada, casi molesta.

—Ahora entra —ordenó la maestra, señalando el interior del templo.

Naoki cruzó el umbral. La sombra desapareció.

—¿Dónde está ahora? —preguntó ella.

Naoki miró al suelo, sorprendido.

—Ya no está.

La maestra asintió.

—No la perdiste luchando contra ella. Desapareció cuando cambiaste de lugar.

Naoki guardó silencio.

—Muchas cosas que intentas vencer no se van porque luches más fuerte —continuó—, sino porque sigues viviendo en el mismo sitio interior donde nacen. A veces no hay que pelear con la sombra… hay que moverse hacia otra luz.

Naoki entendió entonces que llevaba años intentando corregirse sin cambiar de espacio, de mirada, de forma de estar en la vida.

Y ese día no ganó ninguna batalla.
Pero dio su primer paso real.

El monje Akio tenía una obsesión silenciosa: entender por qué todo parecía costarle más que a los demás.Mientras otros a...
19/12/2025

El monje Akio tenía una obsesión silenciosa: entender por qué todo parecía costarle más que a los demás.
Mientras otros avanzaban con ligereza, él sentía que algo invisible lo retenía, como si caminara siempre contra una resistencia que nadie más percibía.

Un amanecer se lo dijo al maestro Eizan.

—Siento que algo me frena, pero no lo veo. ¿Qué es?

Eizan no respondió. Lo llevó fuera del templo, hasta un viejo poste de madera.
Ató una cuerda fina alrededor de la cintura de Akio y la sujetó al poste.

—Camina —ordenó.

Akio avanzó unos pasos sin dificultad… hasta que la cuerda se tensó y lo detuvo en seco.

—Ahí está —dijo el maestro—. Eso que sientes cada día.

Akio se giró molesto.

—Pero yo no veo ninguna cuerda en mi vida.

Eizan se acercó y desató el n**o.

—Porque no está fuera —respondió—. Está hecha de expectativas, miedo a decepcionar y de la idea de que siempre debes poder con todo.

Akio dio un paso adelante. Esta vez no hubo resistencia.

—La mayoría no está atrapada por grandes cadenas —continuó el maestro—, sino por hilos tan finos que olvidan que pueden soltarlos.

Akio bajó la mirada. Por primera vez entendió que no era la vida la que lo retenía… era él quien seguía atándose.

Ese día no avanzó más rápido.
Pero avanzó libre.

EL MAESTRO Y LA SILLA VACÍAEl aprendiz Nao siempre se sentaba frente al maestro con la espalda recta y la mirada firme.E...
17/12/2025

EL MAESTRO Y LA SILLA VACÍA

El aprendiz Nao siempre se sentaba frente al maestro con la espalda recta y la mirada firme.
Escuchaba cada palabra, tomaba nota mental de todo, asentía con respeto.
Aun así, sentía que nada cambiaba dentro de él.

Un día, después de una larga enseñanza, Nao preguntó:

—Maestro, ¿por qué entiendo todo lo que dice, pero sigo sintiéndome igual?

El maestro no respondió.
Se levantó, tomó una silla del fondo y la colocó entre ambos.

—Siéntate ahí —ordenó.

Nao obedeció, confundido.

—Ahora habla —dijo el maestro—. Dime lo que llevas guardando.

Nao abrió la boca… y la cerró.
No sabía qué decir. Nunca se lo había permitido.

—No sé por dónde empezar —murmuró.

El maestro asintió.

—Eso es lo que vienes evitando. Siempre vienes a escuchar, pero nunca a estar.
Tu silencio no es paz, es contención.

Nao bajó la mirada. Por primera vez, entendió que había usado la disciplina para no sentir.

—¿Entonces he estado aprendiendo mal? —preguntó.

—No —respondió el maestro—. Has aprendido a esconderte muy bien.
Pero el aprendizaje real empieza cuando te sientas donde no sabes qué decir.

El maestro retiró la silla y volvió a sentarse.

—Vuelve mañana —dijo—.
Y trae contigo lo que nunca traes al templo: tu verdad, aunque no sea elegante.

Nao se inclinó.
Esa noche comprendió que no todo avance es silencioso…
y que a veces, lo que más falta hace, es una silla vacía frente a uno mismo.

El aprendiz Ren llevaba semanas con una cuerda atada a la muñeca.Decía que era para no olvidar una promesa importante, a...
15/12/2025

El aprendiz Ren llevaba semanas con una cuerda atada a la muñeca.
Decía que era para no olvidar una promesa importante, aunque nadie recordaba cuál.

Cada mañana intentaba desatarla, pero el n**o parecía más firme cuanto más lo tocaba.
Un día, frustrado, fue a ver al maestro Ikan.

—Maestro, esta cuerda no se suelta. He probado de todo.

Ikan observó la muñeca sin tocarla.

—¿Cuándo la ataste?

—Hace tiempo. En un momento difícil.

—¿Y por qué quieres soltarla ahora?

Ren dudó.

—Porque ya no sé para qué está ahí… pero pesa.

El maestro asintió y le pidió que estirara el brazo.

—No intentes desatarla —dijo—. Camina conmigo.

Pasearon por el templo en silencio. El viento movía las banderas, los pájaros cruzaban el cielo. Ren empezó a olvidar la cuerda… hasta que, sin darse cuenta, relajó el puño.

El n**o cayó al suelo.

Ren se detuvo, sorprendido.

—¿Cómo…?

Ikan sonrió apenas.

—No era un n**o fuerte. Era un agarre constante.
Algunas ataduras no se rompen cuando tiras de ellas, sino cuando dejas de sostenerlas.

Ren miró su mano vacía.
Por primera vez entendió que no todo lo que pesa está atado desde fuera.

LA SOMBRA DEL ÁRBOLEl aprendiz Nairu se quejaba del calor cada mañana.Decía que el sol lo agotaba, que no podía pensar, ...
12/12/2025

LA SOMBRA DEL ÁRBOL

El aprendiz Nairu se quejaba del calor cada mañana.
Decía que el sol lo agotaba, que no podía pensar, que el camino ardía bajo sus pies. Siempre buscaba sombra, pero nunca la encontraba donde quería.

Un día vio al maestro Izen sentado bajo un árbol solitario, tranquilo, inmóvil.

—Maestro —dijo Nairu—, ¿cómo soporta este sol sin moverse?

Izen no respondió. Solo observó la tierra.

—Si me sentara ahí, yo también estaría en paz —insistió Nairu—. Pero ese árbol está lejos de mis tareas.

Izen tomó un palo y marcó dos círculos en el suelo: uno al sol, otro en la sombra.

—Ambos están bajo el mismo cielo —dijo—. La diferencia no es el sol… es dónde decides quedarte.

Nairu lo miró sin entender del todo.

—El sol no te persigue —continuó Izen—. Tú eliges caminar donde quema, y luego culpas al cielo.

Ese día, Nairu cumplió sus tareas sin buscar sombra.
Y al final de la tarde descubrió algo nuevo: no era el sol quien lo agotaba… era su resistencia a aceptarlo.

Desde entonces, cuando algo pesaba, ya no preguntaba “¿por qué quema?”, sino “¿dónde me estoy plantando yo?”.

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