31/12/2025
El Año Nuevo no nació como una fecha fija ni universal. Mucho antes de que existiera el 1 de enero, los seres humanos ya sentían la necesidad de cerrar ciclos y comenzar otros, guiados no por calendarios, sino por la naturaleza, el cielo y los ritmos de la vida.
Las civilizaciones antiguas iniciaban el año cuando algo verdaderamente cambiaba. En Mesopotamia, hace más de 4.000 años, el año comenzaba en primavera, cuando la tierra volvía a dar fruto. En Egipto, el nuevo ciclo iniciaba con la crecida del Nilo. En China, hasta hoy, el Año Nuevo sigue el calendario lunar. Y en los pueblos originarios de América, el tiempo no era una línea recta, sino un círculo vivo, marcado por el sol, la luna y la cosecha.
El 1 de enero aparece mucho después, en la Antigua Roma. Durante siglos, el año romano comenzaba en marzo, en sintonía con la primavera. Sin embargo, en el 153 a.C., Roma decide mover el inicio del año al 1 de enero. Este cambio no fue casual ni espiritual: obedeció a razones políticas, administrativas y económicas. Ese día asumían funciones los cónsules romanos, se organizaban campañas militares, se renovaban contratos, impuestos y obligaciones civiles. Era una forma de ordenar el poder, el dinero y el control del territorio desde una fecha común.
La elección de enero también estaba vinculada a Jano, el dios de los umbrales y las transiciones, representado con dos rostros: uno mirando al pasado y otro al futuro. Pero más allá del símbolo, el cambio respondía a la necesidad del Estado romano de administrar el tiempo para gobernar mejor.
En el año 46 a.C., Julio César reorganiza el calendario con fines de estabilidad política y económica, creando el calendario juliano y manteniendo el 1 de enero como inicio del año. Siglos después, en 1582, el calendario gregoriano corrige errores astronómicos, pero conserva esta misma estructura. Así, una decisión tomada para facilitar el gobierno romano termina convirtiéndose en la base del tiempo civil moderno.