05/01/2026
El banco del parque está prohibido para mí.
Te veo ahí sentada. Relajada.
Miras el móvil, contestas un mensaje, charlas con otra mamá sobre la serie de moda. De vez en cuando levantas la vista, gritas "¡Cuidado!" y vuelves a tu café.
Qué envidia me das.
Lo digo sin maldad, pero con un n**o en la garganta.
Yo no me puedo sentar.
Yo soy la "sombra".
Esa madre que va detrás de su hijo de 8 años como si tuviera 2. La que se mete en el tobogán, la que bloquea las escaleras para que no se tire, la que está lista para frenar un golpe o un abrazo demasiado fuerte a un desconocido.
La gente me mira y piensa: "Qué madre tan sobreprotectora, déjalo ser".
No tienen ni idea.
No saben que si me siento en ese banco solo un minuto, él podría escapar, comer arena o no entender que ese niño no quiere jugar con él.
No saben que mi cuerpo está en tensión constante, escaneando peligros que para ti no existen.
Pero lo más duro del parque no es el cansancio físico. Es la comparación.
Es ver a niños más pequeños que el mío teniendo conversaciones fluidas.
Es ver cómo hacen grupos de amigos y el mío corre solo, aleteando las manos, feliz en su mundo, pero desconectado del vuestro.
Es escuchar a otras madres quejarse de las notas del colegio, mientras yo celebraría como un gol de mundial que él me dijera qué hizo hoy.
A veces, me dan ganas de agarrarlo y salir corriendo a casa, a nuestro refugio, donde nadie nos mira y donde no existen las comparaciones.
Pero me quedo.
Me trago las lágrimas, me pongo la sonrisa falsa y sigo persiguiéndolo.
¿Por qué?
Porque él tiene derecho a sentir el viento en la cara.
Tiene derecho a columpiarse y reírse a carcajadas.
Tiene derecho a ocupar su espacio en este mundo, aunque no siga las reglas de los demás.
Así que si me ves de pie, ojerosa y corriendo detrás de él... no me juzgues.
No soy una madre intensa. Soy su paracaídas.