06/04/2026
A veces creemos que la grandeza exige altura, que para rozar lo infinito hay que trepar, escalar, alejarse del suelo como si la verdad viviera únicamente en las cumbres. Pero no. Hay otra forma —más silenciosa, más íntima— de tocar el universo.
Basta una silla.
Una silla cualquiera, en medio de una habitación o junto a una ventana abierta. Te subes, no para ver más lejos, sino para sentir distinto. Extiendes los brazos, no para alcanzar algo, sino para recordar que ya estás dentro. Y entonces ocurre: el mundo no se agranda, eres tú quien se ensancha.
Porque el universo no está arriba, esperando a los valientes que lo conquisten. Está aquí, latiendo en lo mínimo, respirando contigo, sosteniéndote sin ruido. Y en ese gesto casi infantil —los brazos abiertos, el equilibrio leve— aparece una certeza antigua: perteneces.
No a un lugar, ni a una historia concreta, sino a algo vasto, invisible y sin nombre que te atraviesa. Algo que no necesitas entender para reconocerlo. Como si, por un instante, recordaras el idioma en el que fuiste creado.
Y entonces ya no importa la altura. Ni la montaña. Ni el esfuerzo de llegar.
Porque la grandeza no se alcanza: se siente. Y a veces, para descubrirla, solo hace falta una silla… y el valor de quedarse quieto el tiempo suficiente para escuchar cómo lo infinito pronuncia tu nombre.