Servicios Funerarios La Hispanidad

Servicios Funerarios La Hispanidad 40 años de experiencia nos avalan, de la manera mas profesional cercana y discreta posible. Comunic

18/02/2026

Si hay una pregunta que atraviesa la literatura desde Homero hasta William Shakespeare, es esta:

¿Está todo escrito o somos nosotros quienes escribimos?

Imaginemos por un momento que el destino es un libro ya impreso. Un volumen grueso, con tapas duras, que alguien —un dios distraído, el azar, la matemática secreta del universo— terminó hace siglos. Nosotros solo lo recorremos, página tras página, creyendo que decidimos, cuando en realidad simplemente leemos en voz alta lo que ya estaba allí.

Pero hay algo sospechoso en esa imagen.

Porque si todo estuviera escrito, ¿Por qué sentimos el vértigo de elegir? ¿Por qué ese instante suspendido antes de decir “sí” o “no”? El destino, si existe, no se comporta como una autopista recta. Se parece más a un delta, muchos brazos que se abren, algunos se secan, otros desembocan en el mar. Y cada gesto nuestro, incluso el más mínimo, inclina el agua hacia un lado u otro.

Tal vez el error esté en pensar el destino como una sentencia y no como una partitura.

Una partitura no obliga: Propone. Está escrita, sí, pero necesita a alguien que la interprete. Dos pianistas pueden tocar la misma obra y, sin embargo, producir dos mundos distintos. El texto es el mismo; la música, no. En ese espacio —entre la nota escrita y el sonido que finalmente vibra en el aire— vivimos nosotros.

Quizás no podamos elegir las circunstancias, el tiempo histórico, la familia, el cuerpo, el azar que nos cruza con ciertas personas. Eso podría estar “dado”, como el escenario antes de que se levante el telón. Pero el modo en que habitamos ese escenario, la intensidad con la que pronunciamos nuestras frases, la dignidad o la cobardía con la que atravesamos el conflicto… eso no parece escrito en ninguna parte.

O, si lo está, lo está en lápiz.

Hay destinos que parecen inevitables, tragedias que avanzan como tormentas. Y, sin embargo, incluso en medio de ellas, hay un margen —pequeño, frágil, casi invisible— donde podemos decidir quiénes somos frente a lo que sucede. Y a veces ese margen cambia todo.

Quizás no podamos cambiar el final.
Pero podemos cambiar el significado.

Y a veces, en la vida, el significado es más poderoso que el final.

11/02/2026

No me detuve a pensar en la muerte; estaba ocupada con las pequeñas urgencias del día: Responder mensajes, llegar a tiempo, no olvidar comprar pan, sostener conversaciones que no decían nada importante.

La vida avanzaba como suele hacerlo, sin pedir permiso. Y entonces, sin ruido, algo se detuvo por mí.

No fue un golpe, ni una noticia, ni un miedo repentino. Fue más bien una pausa suave. Como cuando alguien te toca el hombro para recordarte que vas demasiado rápido. De pronto, el tiempo perdió su prisa. Las cosas que antes parecían urgentes se quedaron atrás, mirándome desde lejos, las metas, los enfados, las expectativas que había cargado como si fueran mías.

Avanzamos sin correr. Vi pasar escenas conocidas, la infancia que ya no me pertenece, los amores que creí eternos, los errores que me enseñaron sin querer. Todo estaba ahí, intacto, como si el pasado no hubiera pasado del todo. Me sorprendió no sentir terror. La calma era extraña, pero real. Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

Comprendí entonces que no era la muerte lo que me acompañaba, sino una forma distinta de mirar la vida. Una mirada sin urgencia, sin reloj, sin el peso de tener que demostrar nada. Y pensé que quizá el verdadero problema nunca fue que la vida terminara, sino que casi nunca me detuve a habitarla.

Desde ese lugar sin prisas, entendí algo sencillo y difícil a la vez, no hace falta esperar al final para vivir con presencia.

A veces basta con detenerse un momento, escuchar el silencio y aceptar que el tiempo no es un enemigo… solo un compañero de viaje que no siempre sabemos mirar.

28/01/2026

Bailamos como quien aprende un idioma sin gramática. Primero el cuerpo balbucea, un pie que duda, un brazo que llega tarde, el ritmo entendido a medias. Nadie nos explica demasiado; la música ya estaba sonando cuando llegamos y tuvimos que improvisar. Así empieza la vida, un salón enorme, luces que no controlamos, y ese compás obstinado que nos empuja hacia adelante.

Algunos bailan mirando el suelo, como si el piso guardara las respuestas. Otros bailan mirando a los demás, atentos a no desentonar, a no molestar, a cumplir con una coreografía que nadie escribió pero todos parecen conocer. Y están los que bailan para reírse del paso mal dado, para girar cuando nadie gira, para inventar un movimiento nuevo aunque dure apenas un segundo.

Lo curioso es que la música no avisa. No hay redoble final ni despedida elegante. Un buen día, en medio del giro más logrado o del paso más torpe, el sonido se apaga. El cuerpo queda suspendido, con el pie en el aire, entendiendo tarde que ya no hay compás al que volver.

Por eso conviene bailar. No bien, no correcto, no perfecto. Bailar de verdad. Bailar para divertirse o, si se puede, para que alguien más sonría al vernos. Bailar como si el error fuera parte del ritmo, como si cada canción fuera la última aunque no lo sepamos.

Porque tal vez la única tragedia no sea que la música se detenga, sino haber pasado el baile entero contando los pasos en lugar de moverse.

Es la expresión de sus rostros, la mirada. Las personas que han perdido a un ser amado parecen desnudas. Lo parecen porq...
20/01/2026

Es la expresión de sus rostros, la mirada. Las personas que han perdido a un ser amado parecen desnudas. Lo parecen porque se sienten invisibles. La suya es la expresión de la vulnerabilidad extrema, de la indefensión, de la fragilidad, de la flaqueza. Esto lo escribió Joan Didion después de enterrar a su marido y antes de tener que enterrar a su hija:
"Sé que la muerte se convertirá en algo que pasó, que cada vez me resultará más remota, desdibujada. Sé que intentaré mantener con vida a mis mu***os para tenerlos más tiempo conmigo y que llegará el momento en que tenga que dejarlos ir, dejar que se los lleve el agua y los diluya el tiempo. Pero el momento no ha llegado. No quiero que llegue todavía ese momento. Quiero más noches de recuerdos y de suspiros. No quiero reconocerme en la palabra viuda. No es así como me siento. ¿Desnuda? Sí. ¿Indefensa? Sí. ¿Frágil? Ya lo creo".

Es esta expresión en el rostro, en la mirada, la que tal vez solo pueden reconocer quienes la han visto antes y la han sufrido dibujada en sus propios rostros. La muerte no escribe a lápiz, no se puede borrar. El trazo de la muerte es indeleble. La ausencia es irreversible. La mancha que deja, que te deja, es imborrable. Joan Didion, obviamente, no estuvo ayer a las puertas del Centro Cívico de Córdoba, que ha sido habilitado como sala de espera, desolada sala de espera, para familiares en busca de seres amados. Pero hace veinte años ya dejó escrita la descripción más fiel y más precisa de los rostros y las miradas que allí se han reunido en estas últimas veinticuatro horas, reconociéndose unos en la mirada perdida de los otros.

"La muerte nos iguala", escribió Carlos Fuentes.

"La muerte espera lo mismo al más valiente que al más cobarde, al más bello que al más feo de los hombres". Un día, lo sabemos, la muerte vendrá por nosotros, pero mientras ese día llega, nos va arrebatando a las personas a las que amamos, sin explicación, sin motivo y a menudo sin dar aviso. Puede que la frase más certera que se haya pronunciado nunca sea esta de Carlos Fuentes, que ahora yo hago mía:

¡Qué injusta, qué maldita y qué cabrona es la muerte!

15/01/2026

Se detuvo.

No fue un gesto heroico ni una iluminación repentina. Fue más bien una pausa torpe, como cuando uno se da cuenta de que ha llegado demasiado pronto a un lugar importante y no sabe qué hacer con las manos. El último pensamiento no llegó con solemnidad, sino con una extraña ligereza, casi una distracción.

Pensó en el ruido.

En cómo toda su vida había estado llena de ruido, palabras dichas para tapar silencios, decisiones tomadas para no escuchar, caminos elegidos por miedo a quedarse quieto. Pensó que quizá había confundido el movimiento con el sentido. Que había corrido no para llegar, sino para no sentir el peso de estar vivo sin instrucciones claras.

Recordó una escena mínima, una tarde cualquiera, una ventana abierta, alguien riendo en otra habitación, y se sorprendió al comprender que ahí había habido más verdad que en todas las explicaciones que había perseguido después. No supo por qué ese recuerdo y no otro. Las cosas importantes, pensó, siempre se presentan sin pedir permiso.

El último pensamiento fue este,
Tal vez no hay nada que entender.

Y en esa frase no hubo derrota, sino descanso. La intuición de que la verdad máxima no iba a explicarle el mundo, sino a quitárselo de encima como se quita un abrigo pesado al entrar en casa. Comprendió —sin palabras— que no iba a recibir respuestas, sino una forma distinta de mirar.

Justo entonces, cuando dejó de preguntar, ocurrió.

Y no fue un estallido.
Fue silencio.

07/01/2026

Ojalá el teléfono no sonara nunca.

Sería la música perfecta de los días felices, la confirmación silenciosa de que nadie nos necesita para lo inevitable.

Pero el teléfono suena.

Y cuando lo hace, no trae prisas ni encargos, trae un temblor. Trae una voz que llega rota, como llegan siempre las cosas importantes. Nadie llama a una empresa de servicios funerarios desde la calma. Se llama desde el amor herido, desde la pérdida que no sabe aún pronunciarse.

Ahí empieza todo.

No empieza con protocolos ni con papeles. Empieza con la memoria de lo aprendido, con la historia que nos ha formado para sostener sin invadir, para acompañar sin ruido. Empieza cuando intentamos ponernos en tu lugar, no como un ejercicio profesional, sino como un acto íntimo, hacer el trabajo tal y como nos gustaría que lo hicieran con nosotros.

Entonces cada gesto importa.
La manera de escuchar.
El silencio a tiempo.
La delicadeza de lo pequeño.

Ponemos el corazón porque no sabemos hacerlo de otra forma. Porque en medio de la despedida, lo único que puede salvar algo es la humanidad con la que se atraviesa.

Y aun así —o quizá por eso— gracias.
Gracias a quienes confían en nosotros cuando todo duele.

Gracias por dejarnos estar ahí, en uno de los momentos más frágiles de la vida, cuidando lo que importa cuando ya nada más importa.

30/12/2025

Por la vida.
No solo por la que empieza, sino por la que fue vivida hasta el final.
Por cada historia completa, con sus luces y sus grietas, por cada existencia que dejó una huella, aunque ahora solo permanezca en quienes la recuerdan.

Por la memoria.
Esa forma silenciosa de vencer al tiempo.
La memoria no guarda fechas, guarda voces, gestos, maneras de mirar.
Es el lugar donde nadie se va del todo, donde los nombres siguen teniendo calor.

Y por seguir estando ahí.
Cuando las palabras ya no alcanzan, cuando el mundo se vuelve demasiado grande y el dolor, demasiado íntimo.
Estar ahí es un acto sencillo y enorme a la vez, no huir, no explicar, no apresurar el duelo.
Solo acompañar.

Porque cuando más se nos necesita no es por lo que sabemos hacer, sino por lo que somos capaces de sostener.

Por la vida.
Por la memoria.
Y por seguir estando ahí, cuando más se nos necesita.

Salud.

17/12/2025

Dicen que, cuando llega diciembre y el mundo se detiene un poco, los árboles de Navidad aprenden a hablar en silencio.

No lo hacen con palabras, claro. Lo hacen con luces.

Cada pequeña luz que se enciende no está ahí para decorar, sino para recordar. Es una antigua leyenda —susurrada de generación en generación— que cuenta que esas luces son las almas de quienes amamos y ya no caminan a nuestro lado. No se fueron del todo, aprendieron otra forma de estar.

Al principio son tímidas. Parpadean como si pidieran permiso. Luego se afirman, brillan, encuentran su sitio entre las ramas. Dicen que cada una elige el lugar exacto desde el que puede vernos mejor, el rincón del sofá donde nos sentamos a pensar, la mesa donde reímos demasiado fuerte, la ventana por la que miramos cuando extrañamos.

No iluminan el árbol para que se vea bonito. Lo iluminan para que no tengamos miedo.

Cuando las noches se alargan y el frío aprieta, ellas se encienden para decirnos, estamos aquí. Para recordarnos que el amor no entiende de ausencias, que la muerte no sabe apagar lo que fue verdadero. Por eso no hacen ruido. Porque el amor, cuando es profundo, no necesita explicarse.

Si te acercas lo suficiente, casi puedes reconocerlas. Hay luces que brillan con la calma de una madre, otras con la risa desordenada de un amigo, algunas con la ternura torpe de quien nos quiso sin saber cómo hacerlo mejor. No todas brillan igual, porque nadie amó de la misma manera.

Y cuando apagamos el árbol al final de la noche, no desaparecen. Se quedan ahí, esperando. Saben que volveremos a encenderlas. Saben que siempre lo hacemos.

Por eso, cada Navidad, al mirar el árbol iluminado, sentimos una emoción extraña, una mezcla de alegría y nostalgia. No es tristeza. Es memoria encendida.

Porque mientras esas luces sigan brillando, nadie que haya sido amado estará realmente perdido.

11/12/2025

Nunca imaginé que un día caminaría por este bosque con tus cenizas apretadas contra mi pecho, como si aún te protegiera del frío o del mundo. El sendero cruje igual que antes, ¿te acuerdas?, cuando nos reíamos porque cada rama parecía saludar con desgana. Hoy, en cambio, cada ruido es una sílaba de algo que no termino de entender.

Me detengo donde solíamos parar a escuchar el viento. Ese viento tuyo, que ahora parece buscarte entre mis dedos. Abro la urna despacio, casi pidiéndole permiso, porque una parte de mí todavía se aferra a la absurda idea de que si la mantengo cerrada, tu seguirás conmigo de alguna forma más concreta, más tonta, más humana.
Cuando la brisa se lleva tus cenizas, no siento que desaparezcas. Es raro, es como si te expandieras. Como si el bosque, tan terco en su eternidad, te hiciera un hueco entre los helechos y la luz filtrada. Y me doy cuenta de que no vengo a dejarte, sino a devolverte. A entregarte al lugar donde siempre parecías más viva.

Quisiera decirte algo brillante, algo digno de ti, pero apenas puedo nombrar lo que siento, una mezcla de ternura y desgarro, como si se me rompiera algo y al mismo tiempo se me curara. Porque este sitio, nuestro sitio, sabe guardarte mejor que mis manos.
Me quedo un rato más, mirando cómo el bosque te recibe sin ceremonias, como quien reconoce a una vieja amiga. Y entonces lo entiendo, no camino solo. Cada hoja que se mueve es una especie de respuesta, un gesto tuyo, una forma de seguir hablando en ese idioma secreto que inventábamos sin darnos cuenta.

Y así, mientras el aire vuelve a ser simplemente aire, te digo hasta luego. Porque en este bosque que compartimos, tu —de algún modo que todavía no logro explicar— sigues caminando conmigo.

10/12/2025

Se murió Robe cuando se nos gastó el miedo.
Cuando ya no supimos dónde meter tanta verdad dicha a gritos.
No hubo sirenas ni funerales de lujo, solo bares cerrando tarde, amplificadores todavía calientes
y un silencio raro, como cuando termina una canción que te había salvado la vida sin pedir permiso.

Robe no fue un rockero.
Fue una herida abierta que aprendió a cantar.
Un tipo que escupió poesía desde el barro, que afinó la desesperación y la convirtió en himno para los que no encajaban en ningún sitio pero sobrevivían en todos.

Cantó para los rotos,
para los que amaban mal,
para los que pensaban demasiado
y bebían por no hacerlo.
Cantó para los que sabían que la libertad no era bonita
ni limpia
ni rentable,
pero era lo único que merecía la pena.

No pidió perdón por existir.
Nunca lo hizo.
Y eso lo convirtió en un hogar
para toda una generación
que aprendió que la poesía también podía oler a sudor,
a rabia,
a madrugada.

Se murió Robe
y no hubo consenso,
porque nadie podía ponerse de acuerdo
en cómo enterrar a alguien
que siempre fue más grande que su cuerpo.
Algunos lo buscaron en Extremoduro,
otros en las letras susurradas de sus discos después,
pero Robe estaba en otro lado,
en ese lugar donde el dolor se vuelve lúcido
y la belleza duele un poco.

Nos dejó canciones para fo**ar,
para llorar,
para huir,
para quedarse.
Nos dejó versos que no curan
pero acompañan,
que es mucho más honesto.

Hoy el rock español es más silencioso,
más educado,
más vacío.
Porque cuando muere alguien así
no se apaga una voz:
se apaga una forma de decir la verdad
sin maquillaje.

Robe Iniesta no descansa en paz.
Descansa en nuestras tripas,
en los auriculares viejos,
en las gargantas rotas cantando mal
pero cantando fuerte.

Y eso, joder,
eso es la inmortalidad.

05/12/2025

Hay un instante, casi imperceptible, en el que el recuerdo cobra sabor. No es un sabor nítido, no es dulce ni amargo, es la frágil mezcla de lo que fuimos y lo que ya no somos. Lo pruebas sin darte cuenta, al ver una esquina que reconoces, al tocar un objeto que lleva demasiado tiempo en silencio, al escuchar el crujido de una página. Entonces, algo dentro de ti se inclina hacia atrás, como si el alma quisiera asomarse a su propia historia.

Y es extraño, porque vivimos rodeados de dispositivos capaces de custodiar millares de imágenes. Son perfectas, impecables, sin rasgos borrosos ni dedos manchados de pegamento. Están ordenadas, clasificadas, iluminadas por pantallas que nunca tiemblan. Sin embargo, al deslizar el dedo sobre ellas, no pasa nada. No hay ese pequeño temblor. No hay sabor.

En cambio, en los viejos álbumes de papel, la memoria respira. Cada fotografía es una puerta, y detrás de ella hay un mundo entero esperando ser recuperado. El papel tiene un olor casi sagrado, un leve polvo que se aferra a los bordes como si también él hubiera querido vivir algo. Las imágenes allí impresas no son solo escenas, son huellas. Marcas de un tiempo que se dobló, se arrugó, se desgastó junto a nosotros.

Quizá sea porque lo digital guarda imágenes, pero el papel guarda presencias. En los álbumes las fotos no se ven, se tocan. No se deslizan, se pasan, como quien pasa páginas de una historia que conoce demasiado bien y aun así desea releer. Hay algo en ese gesto, en esa pausa entre una foto y la siguiente, que deja espacio para el corazón. Un silencio que la pantalla no sabe imitar.

Por eso, aunque tengamos dispositivos capaces de contener la vida entera, seguimos regresando a esos álbumes antiguos. Porque allí no solo está lo que ocurrió, sino también lo que sentimos. Allí, los recuerdos no se muestran. se saborean. Y ese sabor, el de la nostalgia serena y la ternura que aparece sin avisar, no puede almacenarlo ninguna memoria electrónica. Solo el papel, paciente y humilde, sabe conservarlo sin perderlo jamás.

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