28/01/2026
Bailamos como quien aprende un idioma sin gramática. Primero el cuerpo balbucea, un pie que duda, un brazo que llega tarde, el ritmo entendido a medias. Nadie nos explica demasiado; la música ya estaba sonando cuando llegamos y tuvimos que improvisar. Así empieza la vida, un salón enorme, luces que no controlamos, y ese compás obstinado que nos empuja hacia adelante.
Algunos bailan mirando el suelo, como si el piso guardara las respuestas. Otros bailan mirando a los demás, atentos a no desentonar, a no molestar, a cumplir con una coreografía que nadie escribió pero todos parecen conocer. Y están los que bailan para reírse del paso mal dado, para girar cuando nadie gira, para inventar un movimiento nuevo aunque dure apenas un segundo.
Lo curioso es que la música no avisa. No hay redoble final ni despedida elegante. Un buen día, en medio del giro más logrado o del paso más torpe, el sonido se apaga. El cuerpo queda suspendido, con el pie en el aire, entendiendo tarde que ya no hay compás al que volver.
Por eso conviene bailar. No bien, no correcto, no perfecto. Bailar de verdad. Bailar para divertirse o, si se puede, para que alguien más sonría al vernos. Bailar como si el error fuera parte del ritmo, como si cada canción fuera la última aunque no lo sepamos.
Porque tal vez la única tragedia no sea que la música se detenga, sino haber pasado el baile entero contando los pasos en lugar de moverse.