28/01/2026
Seguro ya viste este pingüino en algún video en internet. Un pequeño pingüino en la inmensidad de la Antártida que decide alejarse de su grupo. Mientras todos van hacia el agua, él se da la vuelta y comienza a caminar hacia las montañas, hacia el corazón del continente helado.
Su historia es en realidad, el reflejo de ese momento en el que decides dejar de vivir para el "qué dirán" o para las expectativas de la multitud y empiezas a prestarle atención a ese susurro profundo que solo Dios puede poner en el corazón. Es curioso porque, mientras todos en la orilla corren desesperados por un poco de alimento material, este pingüino se da la vuelta y fija su mirada en las cumbres nevadas, asumiendo lo que muchos llaman "locura" solo porque él ha escuchado un llamado que los demás no pueden percibir. A veces, seguir a Jesús se siente exactamente así: como caminar en dirección contraria a todo lo que el mundo considera lógico o exitoso, sintiendo el viento frío de la incomprensión en la cara pero con una paz que sobrepasa todo entendimiento. Lo más hermoso de esta perspectiva es entender que, aunque la cámara lo enfoque solo en medio de la inmensidad blanca, ese pingüino no está navegando en el vacío, sino que camina con el Creador del mismo hielo que pisa, porque Jesús no es un espectador que lo mira desde lejos con lástima, sino el compañero de viaje que ajusta su paso al de él. Si hoy tú te sientes como ese pingüino, alejándote de lo que todos consideran "normal" para buscar algo más alto y trascendente, no temas a la inmensidad del horizonte, porque el mismo que diseñó las montañas es quien te lleva de la mano, transformando lo que parece un aislamiento en el encuentro más íntimo y profundo de tu vida, asegurándote que cada paso tiene un propósito eterno y que, al final del camino, no te espera el olvido, sino el abrazo cálido de quien nunca te soltó.