10/12/2025
En la experiencia subjetiva, el Otro suele presentarse como un titiritero silencioso que rige la vida del sujeto: organiza lo decible, delimita lo posible y orienta el modo en que se juega el deseo. Se lo vive como una instancia exterior, previamente constituida. Lo paradójico es que, mientras el sujeto cree responder a un Otro ya dado, es él mismo quien aporta los elementos que lo consolidan: significantes que adopta, discursos que repite, identificaciones que asume, sin reconocerse en esa operación.
De este modo, el Otro se vuelve más eficaz cuanto más se lo supone ajeno en vez de reconocerlo como una creación interna; cuanta mayor consistencia, saber o autoridad se le atribuye, más queda velado el trabajo subjetivo que lo sostiene. El titiritero parece mover los hilos desde fuera, cuando en realidad se tensan desde adentro, sostenidos por la repetición y por la adhesión a un relato que ofrece identidad, orientación y cierto resguardo frente a la incertidumbre.
Cuando el estatuto del Otro cae, irrumpe algo que no logra ser plenamente simbolizado ni integrado al relato. Es allí donde se produce un desplazamiento: al ceder la garantía del Otro, el deseo se desliga de la lógica sintomática y se abre a una modalidad más singular, en la que el inconsciente se articula en una forma de goce menos capturada por el sufrimiento.
Psic Daniela Benitez Cruz