14/02/2026
✍️ Diario de un misionero en Kenia: Una misión que se hace persona en el desierto. 🇰🇪
Ha transcurrido una semana desde que hace 8 días iniciaba un viaje de tres días desde Nairobi para llegar a Ileret el norte de Kenia, en frontera con Etiopía. Hace unas horas, luego de dos días de viaje, he llegado de nuevo a Loiyangalani para continuar con nuestra misión, pero antes de seguir dándole rienda suelta a los sueños, proyectos y actividades de evangelización y humanización que estamos llevando adelante, quisiera poner en palabras y en texto lo vivido durante estos días.
El domingo pasado llegué a Kalacha en horas del atardecer luego de dos días intensos de viajes, que transcurrieron entre matatus (buses locales), largas horas de espera para iniciar los viajes y diferentes rostros con los que la experiencia del viaje te va topando.
Había organizado con el Padre John, un sacerdote joven diocesano que trabaja en Kalacha, para poder descansar en su misión y continuar al día siguiente con ellos para nuestra reunión de sacerdotes y hermanas que trabajamos en el desierto.
Yo llegué, me refresqué, encontré todo dispuesto, un cuarto, comida y un grupo de jóvenes que me esperaban para indicarme todo. Yo me refresqué con el objetivo de quitarme todo el polvo que te dejan los viajes por el desierto y me fui a buscar la posibilidad de mirar el atardecer.
No había gasolina en el pueblo, por lo que solo encontré a un joven en una moto que me llevó a las afueras del pueblo para esperar el atardecer. Los padres, cuando llegué, no los vi porque habían salido a celebrar las misas de domingo a las comunidades, pero a mi regreso a la casa de la misión encontré al Padre Anthony, un sacerdote diocesano fidei donum que en algunas reuniones de clero del año pasado había saludado, pero que no se había dado la posibilidad de compartir más que un saludo.
Él estaba encima del carro amarrando unas sillas que llevaríamos al día siguiente a otra parroquia para donarlas; mi primera imagen fue ver un sacerdote mayor, bastante energético, arriba de un carro. Por dentro me dije: viejo pero activo.
Nos saludamos y me puse a disposición por si necesitaba algo; me dijo: "Vamos a organizar el carro para mañana. Nos montamos al carro, fuimos a poner gasolina en un taller que él ha creado, recargamos algunos galones para llevar reservas de gasolina, revisó el carro, mirando motor, luces, llantas y todo. Parecía que conocía bastante del tema; luego, días después, me enteraría de que antes de ingresar al seminario él era mecánico.
El Padre Anthony, dispuso no solo el carro, sino que llenó de provisiones y me decía: "Es bueno llevar agua y algunas cosas provisionales porque tendremos un largo viaje para llegar a Ileret". Yo solo ayudaba a colocar las cosas en el carro.
Esa noche cenamos y él se dispuso a organizar más cosas a nivel de la parroquia, porque estaría ausente por 5 días por motivo de la reunión. Yo lo veía pasar de un lado a otro hasta que terminó.
Al día siguiente, en las primeras horas del viaje, tuve la posibilidad de conversar con él mientras viajábamos a encontrar otro grupo de sacerdotes en otra parroquia para proseguir juntos. El Padre Anthony, en todo el recorrido, me compartía del lugar, me decía los nombres de los poblados que íbamos encontrando, describía el desierto y conocía los caminos como si hubiese estado ahí por muchos años.
Él, junto a otro sacerdote, los dos alemanes, llegaron a Kenia en 1995 y 1996. Llevan actualmente 30 años de misión en el desierto de Chalbi, se han apasionado por las tribus que habitan el norte del lago Turkana y en el desierto de Chalbi. Él conoce los caminos del desierto mejor que el GPS. A decir en diferentes partes del desierto, yo, tratando de ubicarme y calcular las horas que nos faltaban para llegar a nuestro destino, decía que no hay carreteras reconocidas para llegar al lugar.
El Padre Anthony se movía como pez en el agua; había sido, junto con su compañero, los pioneros en construir y dividir lo que era una sola parroquia con un amplio territorio en cinco parroquias. Ellos han sido testigos por tres décadas de los cambios que han tenido las poblaciones, han recorrido en muchas ocasiones los territorios y han sido pieza fundamental en apoyo a las nuevas generaciones en la educación.
Fueron varias horas de viaje para llegar a Ileret. Llegamos, y luego de refrescarnos y cenar, nos fuimos debajo de un árbol para conversar y compartir. Habíamos llegado al punto norte de Kenia; la parroquia queda ubicada en un cerro, por lo que desde la casa se logra ver a lo lejos el lago Turkana, una vista que te hace pensar que estás frente al mar.
Pasamos un rato agradable en el que, luego de un compartir comunitario, quedamos de nuevo el Padre Anthony y yo solos. Seguimos conversando; yo me transporté a los años de infancia en los que escuchaba los testimonios misioneros de sacerdotes que llegaban del África. El Padre Anthony ha donado su vida por estas tierras y su gente. En su corazón y memoria hay miles de anécdotas de lo que ha sido acompañar a las tribus Gabra, Rendille, Borana y Daasanach.
En esa conversación con la sabia de la misión, me habló de su diócesis de origen, de la gente y de los misioneros que ha encontrado en estas tierras de frontera con Etiopía. Él es un libro de historias, anécdotas y nombres que compila los últimos 30 años de presencia de la Iglesia en estas zonas apartadas de misión.
Él dice: “Nunca imaginé que mi sacerdocio sería tan profundamente misionero ni que pasaría la mayor parte de mi vocación en África”.
Encontrarme con este hombre, que con sus límites y bondades ha gastado su vida en el desierto, ha sido un signo de esperanza para mi vocación. Son de esos encuentros inspiradores que te mueven por dentro para hacer cosas grandes, para seguir soñando y para no dejarme ganar por los límites de lo que pone a prueba el vivir en el desierto y en una de las zonas más apartadas y pobres de Kenia.
Esta última semana fueron días en los que descubrí un misionero de nuestro tiempo, entusiasta, trabajador, espiritual y humano. Un hombre de Jesús que sigue día a día trabajando por el Reino, por los pobres y por Jesús. Un sacerdote de pantalonetas, de sandalias, de camisa africana y de una sencillez de vida desconcertante, un misionero que habla con fluidez el suajili.
Al Padre Anthony, mi admiración y oración. Creo que ha sido un regalo poder compartir estos días con él, días en los que recordaba que es mi primer año de presencia en el desierto de Chalbi, un lugar que sigue despertando admiración por la vitalidad que converge y por ser la cuna de la humanidad.
A Dios, al concluir este día, no quisiera dejar de decirle gracias por inspirar hombres y mujeres que se han desacomodado para aprender a ser sus discípulos y misioneros en los confines del mundo; allá donde nadie quiere ir, Jesús ya ha llegado y está haciendo milagros en medio de las gentes.