23/09/2025
Seamos honestos: no todos los pacientes son agradables.
Está el que llega tarde siempre y exige tiempo completo.
El que te dice “ya intenté todo” pero jamás hace una sola tarea.
El que viene a terapia para que le des la razón y cuando no lo haces, te trata como si fueras tú el problema.
El que miente en tu cara, aunque tú sepas que está mintiendo.
El que te lanza indirectas, cuestiona tu trabajo o espera que seas su salvavidas emocional 24/7.
Y sí, hay días en los que simplemente piensas: “me cae mal”.
Aquí lo duro: fingir que no pasa nada solo te va a intoxicar. El rechazo se filtra en la mirada, en el tono de voz, en la falta de paciencia. El paciente lo siente aunque no lo digas.
¿Qué hacer entonces?
Primero, asume tu incomodidad. No eres un gurú zen inmune a la frustración. Eres humano, y hay pacientes que van a despertar tu lado más intolerante.
Segundo, pregúntate qué está tocando en ti: ¿te desespera porque te recuerda a alguien?, ¿te molesta porque refleja algo tuyo que no soportas? Esa incomodidad puede ser material clínico… pero no siempre.
Tercero, pon límites. No es tu obligación aguantar maltratos, chantajes emocionales ni exigencias absurdas. La ética exige respeto, no aguante infinito.
Y si la cosa ya es insostenible: DERIVA. No es fracaso. Es honestidad.
Porque a veces la terapia no se rompe porque el paciente “no pone de su parte”, sino porque el terapeuta no soporta más el vínculo. Reconocerlo y derivar es mil veces más ético que seguir fingiendo neutralidad mientras por dentro piensas: “ojalá no viniera la próxima sesión”.
Saludos a todos los colegas de la salud... Dios les bendiga 🌻🩺