06/11/2025
Querido diario:
Hoy la tarde estaba gris, de esas que huelen a cansancio y a verdad. Caminaba rumbo a casa y, al pasar frente a una vivienda con un portón azul gastado, me detuve. No sé por qué. Tal vez porque el alma presiente cuando algo le va a doler.
Entre las cortinas alcancé a verla.
Una mujer joven, tal vez de veinticinco, con los ojos hinchados y la espalda encorvada, como si el peso de la tristeza le hubiera caído encima.
Él estaba frente a ella. No hacía falta oírlo para entenderlo: los gestos, la rigidez del cuerpo, la manera en que ella se abrazaba los brazos como queriendo hacerse chiquita… todo lo decía.
Él hablaba. Ella callaba.
Y a veces el silencio es más cruel que cualquier palabra.
No eran golpes, eran frases afiladas.
De esas que entran suave, pero cortan hondo:
“No sirves.”
“Quédate en la casa.”
“No gastes en tonterías.”
“Eres una carga.”
Y ella solo miraba el suelo.
No lloraba fuerte, no pedía nada.
Solo se quedó quieta, como si ya no esperara que la quisieran bonito.
Cuando él salió dando un portazo, ella se limpió la cara con la manga y respiró hondo, como queriendo juntar los pedacitos de su alma. Se acomodó la blusa, recogió del piso algo que parecía una foto rota, y cerró la puerta.
Ahí se quedó su dignidad, atrapada entre esas cuatro paredes.
Yo seguí caminando, pero la imagen no se me borró.
Pensé en cuántas mujeres viven así, con la cabeza agachada, convencidas de que el amor es sacrificio, que la paz es obedecer, que su valor se mide por lo que dan y no por lo que son.
Y no.
No es amor cuando duele el alma.
No es hogar cuando se teme hablar.
No es respeto cuando una mujer tiene que volverse sombra para no molestar.
Me dolió verla, diario.
Porque no era yo, pero podría haber sido cualquiera de nosotras en algún momento.
Porque muchas aprendimos a callar para no perder, cuando en realidad lo que perdíamos era a nosotras mismas.
Seguí caminando y, al llegar al cruce del camino, levanté la vista.
La luna ya estaba ahí, redonda, callada, testigo de todas esas historias que nadie cuenta.
Y pensé que ojalá esa mujer, algún día, también levante la vista.
Que se mire en el reflejo de la luna y se vea fuerte, aunque tiemble.
Que entienda que irse no es rendirse… es empezar a vivir.
Porque cuando una mujer se atreve a decir basta, aunque le duelan las rodillas y el alma, el universo entero se abre para recibirla.
Y entonces sí… la vida comienza de nuevo.
Por si te resuena♥️