19/11/2025
Las redes sociales se han vuelto un espacio de vómito simbólico: opiniones fugaces, emociones sin sostén, rabias crudas, intuiciones sin cuerpo. Un lugar donde se habla sin medir el impacto, como si el otro fuera una superficie para proyectar, descargar o usar. Aquí, cada palabra se lanza sin pausa, y la conexión verdadera se disuelve entre la urgencia y la prisa.
La palabra pierde su espesor ritual. Se lanza sin contexto ni filtro, y cada gesto digital impacta en nuestro sistema nervioso: acelera el corazón, inquieta la mente, fragmenta la atención, agota la respiración. La ausencia de cuerpo crea la ilusión de impunidad, pero el desgaste es real: emocional y somático. Nuestra salud mental se tensiona en este flujo constante de exposición y reacción inmediata, donde la reflexión y la escucha se diluyen.
El respeto y la ética se adelgazan, no por maldad, sino por la lógica de la descarga continua. Antes la palabra tenía ritual: tiempo para madurar, silencio para encarnar, un otro real para recibirla. Hoy circula sin borde ni sostén, y nuestra capacidad de sostenernos emocionalmente se resiente. La rapidez digital fragmenta vínculos, erosiona empatías y genera fatiga silenciosa que muchas veces pasa desapercibida.
Y, sin embargo, este vómito también revela una urgencia: recuperar la delicadeza del lenguaje y habitar lo digital con otra temperatura. Con menos prisa, más conciencia; con menos descarga, más vínculo; con menos uso, más cuidado. Elegir la ética del encuentro es un acto poético, político y de salud mental: un recordatorio de que cada palabra importa y que nuestros cuerpos, emociones y mentes merecen ser sostenidos, incluso en lo digital.
-Edmundo Santos.