29/01/2026
En 1942, los n***s le quitaron todo a un psiquiatra: su abrigo, su identidad, su libertad y casi su vida.
Le raparon la cabeza y le tatuaron un número: 119,104.
Su nombre era Viktor Frankl.
En el campamento encontró algo peor que el hambre o el frío: la pérdida total de sentido.
Observó que cuando un prisionero fumaba su propio cigarro, era señal de que ya no esperaba nada del mañana… y casi siempre moría poco después.
Entonces recordó una frase de Nietzsche:
“Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo.”
Ahí comenzó su rebelión silenciosa: no dejar que le robaran su actitud.
Pasó por Theresienstadt, Auschwitz y Dachau.
En 1945 fue liberado, pesando apenas unos 38–40 kg.
Y recibió la noticia más dura: su esposa, su madre, su padre y su hermano habían mu**to.
Aun así, escribió El hombre en busca de sentido.
(No por fama. De hecho, pensó publicarlo de forma anónima).
El libro recorrió el mundo.
Millones de copias. Decenas de idiomas.
La Biblioteca del Congreso lo nombró uno de los libros más influyentes de la historia de EE. UU.
Frankl vivió hasta 1997.
Volvió a amar, tuvo una hija, escaló montañas y hasta obtuvo su licencia de piloto a los 67 años .
Pero su mayor legado fue este:
Puedes perder tu dinero.
Tu salud.
Tu familia.
Tu libertad.
Pero hay algo que nadie puede quitarte:
- La libertad de elegir tu actitud.
- La libertad de decidir quién eres, incluso en el dolor.
Los n***s intentaron convertirlo en un número.
Él convirtió su sufrimiento en luz para millones.
No somos lo que nos pasa.
Somos lo que hacemos con lo que nos pasa.
— Viktor Frankl