04/10/2025
El cartógrafo y la linterna
Un joven cartógrafo quería llegar a la Cumbre Clara, donde —decían— todo cobraba sentido. Reunió mapas, brújulas y tratados. Sabía cada atajo, cada curva, cada nombre de río. Partió seguro, con la mochila pesada de conocimiento.
En el primer bosque, el sendero se bifurcó. Sus mapas decían “ve al norte”, así que fue. Pero tropezó con raíces que no figuraban en ningún papel. Se molestó con el bosque: “¡No estás como en el libro!”. El bosque no respondió.
Al caer la tarde, encontró a una anciana sentada junto a un farol apagado.
—¿Conoce el camino a la Cumbre Clara? —preguntó el cartógrafo.
—Conozco el mío —dijo ella—. ¿Traes luz?
—No, pero traigo mapas excelentes.
La anciana sonrió, encendió su farol y el suelo reveló pequeñas señales: huellas, musgo orientado, agua que corría hacia cierta ladera. Nada de eso venía en los mapas, pero ahora, con la luz, tenían sentido. Caminaron juntos; él con sus rutas, ella con su linterna.
En un claro, la anciana le entregó el farol.
—Tu conocimiento te ha traído hasta aquí —dijo—. Pero sin luz, los mapas son dibujos. Con luz, el dibujo se vuelve camino.
El cartógrafo siguió. Descubrió que a veces el mapa pedía silencio, otras, rectificar. Entendió que la Cumbre Clara no estaba en un punto fijo, sino en cada paso dado con atención. Al llegar (o quizá al darse cuenta de que ya estaba llegando desde antes), escribió en su cuaderno:
“El conocimiento es camino; la conciencia, destino.”