16/03/2026
A muchas personas les resulta más fácil mostrarse enojadas o indignadas que detenerse a reconocer cuando se equivocan. El enojo, a veces, funciona como una especie de escudo: protege el orgullo y evita el momento incómodo de aceptar un error.
Curiosamente, muchas veces la molestia aparece con más fuerza cuando alguien más hace exactamente lo mismo que uno también ha hecho. Aquello que toleramos o justificamos en nosotros, se vuelve intolerable cuando viene de otro. Y ahí surge la indignación.
Tal vez, antes de reaccionar con enojo, valdría la pena hacer una pausa y mirarnos en el espejo. No para juzgarnos con dureza, sino para preguntarnos con honestidad si aquello que criticamos también habita, de alguna forma, en nosotros.
Reconocer un error requiere humildad, autoconciencia y valentía. No es sencillo mirarse con honestidad. Pero cuando lo hacemos, dejamos de vivir a la defensiva y empezamos a relacionarnos desde un lugar más justo y auténtico.
Al final, crecer también implica aprender a decir: “sí, me equivoqué”, sin necesidad de esconderlo detrás del enojo. Porque aceptar nuestras fallas no nos hace más pequeños; nos hace más humanos.
-Psic. Ricardo Rovirosa