02/09/2025
¿Qué es la terapia narrativa?
No nos sentimos con la autoridad para definir unas prácticas que están en permanente movimiento, crítica y reflexión. Tratamos de compartir un poquito de nuestra experiencia y nuestra forma de entender las prácticas narrativas.
No son una caja de herramientas que uno anda trayendo para "arreglar" a alguien, sino que tienen más que ver con una forma de entender la vida y las relaciones. Entonces, son desafiantes en ese sentido, porque cuestionan comprensiones que probablemente hemos dado por sentadas durante nuestras vidas: discursos dominantes, formas de entender la vida o de comprender quiénes somos o quiénes deberíamos ser. ¿Qué es ser un buen hombre? ¿Qué es ser una buena mujer? ¿Qué es ser alguien valioso o valiosa en este mundo?
Quizás la base de esto es decir que las prácticas narrativas son mucho más que aprender cómo hacer una terapia, una conversación, o cómo conversar con una comunidad o una familia, etc.
Con la mayor honestidad posible, y desde nuestra historia también, entendemos que las prácticas narrativas son una forma de trabajar en un contexto político y social que se llama terapia. A veces se denomina psicoterapia, otras veces trabajo social, o conversaciones en el ámbito del trabajo social clínico, etc. Hay una serie de contextos culturales que funcionan como plataformas culturales que ahora damos por sentadas —como ir al médico— pero que en realidad son construcciones sociales creadas con ciertos fines, e implican relaciones de poder.
Cuando una persona acude a otra a pedir ayuda, se supone que esa persona "experta" tiene un saber que aliviará el dolor y ayudará a seguir adelante. Nuestra primera aproximación fue estudiando psicología. De hecho, a nosotres nos presentaron las prácticas narrativas como un enfoque más, una forma más de ocupar ese lugar de poder. Y en parte, no podemos desconocer que socialmente se ha construido como tal: un lugar de saber que le da forma a estos contextos llamados terapéuticos.
Pero al mismo tiempo —y aquí se empieza a complejizar la cosa— estas prácticas subvierten muchas de las tecnologías que han sustentado la construcción de esas plataformas de poder. Es decir, muchas de las prácticas y saberes que han justificado la existencia de terapeutas, de personas que "tratan" y "sanan" al enfermo, son justamente las tecnologías que en la terapia narrativa cuestionamos y subvertimos.
Ahí surge una resistencia, una respuesta a prácticas dominantes que, sobre todo en esa época (pero aún hoy), siguen siendo muy dominantes: patologizan a las personas, colonizan sus saberes, imponen verdades, normalizan la vida y descalifican.
Reconocer la dimensión que esto puede tener en la vida de alguien, la relevancia de subvertir ciertas prácticas profundamente instaladas en la cultura (y de las cuales formamos parte), nos posiciona frente a otro dispositivo de control y normalización social. Sabemos también que las prácticas narrativas no se usan solo en estos ámbitos profesionales de la salud mental, sino también, por ejemplo, en el trabajo comunitario, en la educación, en disciplinas como la antropología, o incluso entre artistas visuales. Tiene que ver con una forma de estar, que podemos considerar un enfoque.
Pero, por sobre todo, para nosotres se ha ido convirtiendo en una forma de construir conversaciones: conversaciones que permitan visibilizar los saberes, habilidades y esperanzas; historias que le den sentido a la vida de las personas y que puedan ser descritas en sus propios términos. Eso es algo profundamente importante.
Entonces, si lo entendemos así, ya no es solo una metodología terapéutica: empieza a ser también una metodología de investigación. Es una forma de aproximarnos a conocer y hacer visible todo esto en la conversación.
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Principios de las prácticas narrativas
Uno de los principios fundamentales de las prácticas narrativas es que las personas son expertas en sus vidas. Al menos tres principios resultan tremendamente subversivos para la cultura terapéutica tradicional:
1. La persona nunca es el problema; el problema es el problema. Las personas se relacionan con los problemas, pero no son el problema.
2. Las personas son expertas en sus vidas. No tenemos cómo saber qué es lo que valoran, qué las mueve, cuáles son sus sueños o esperanzas, ni tampoco sus historias personales, sociales, culturales, familiares o comunitarias.
3. Las personas siempre responden. Nunca somos pasivas frente a la vida o al poder. Siempre estamos respondiendo y resistiendo: al abuso, a las dificultades, al sufrimiento. Respondemos de múltiples formas, aunque muchas veces esas formas son descalificadas.
Las vidas son multi-historiadas. Existen múltiples posibilidades de relato, pero muchas veces quedamos atrapades en una sola historia. Si usamos una metáfora, podríamos decir que la terapia narrativa es una forma de entender cómo asignamos significado a nuestra vida, cómo entendemos quiénes somos y quiénes estamos siendo, a través de las historias que nos contamos.
En la terapia narrativa nos interesan mucho las historias, porque se entiende que las historias moldean nuestra vida, son constitutivas. Muchas veces estamos atrapades en una sola historia: problemática, limitante, una historia que quizás otros han contado sobre nosotres.
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Parte importante de esas historias únicas tiene que ver con procesos de psicopatologización, como cuando se utilizan diagnósticos que terminan por definir a una persona. No solo en lo que está siendo hoy, sino también en su posibilidad de futuro.
La potencia de la terapia narrativa radica en tener la certeza de que la persona sabe de qué se trata su vida. Sabe qué la mueve, qué le duele, qué desea, qué sueña, cómo se siente frente a las cosas. No se trata de juzgar si eso es "correcto" o no.
Eso abre un mundo infinito. Como decía Michael White sobre las conversaciones narrativas: son como un viaje, donde uno sabe desde dónde parte, pero nunca sabe exactamente a dónde puede llegar. Y eso es un regalo, porque gran parte de lo que se construye con las personas en la conversación es un proceso de creación.
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Para quienes no conocen tanto estas prácticas, quizás vale señalar que nuestra expertise es investigativa. Nuestra habilidad tiene que ver con saber qué preguntar, cómo preguntar, pero también cómo escuchar, cómo seleccionar lo que escuchamos, cómo hacer preguntas que permitan tejer relatos alternativos, cómo documentar esos saberes, cómo vincular vidas.
Pero las prácticas narrativas no son solo lo que ocurre en la conversación. También importa qué pasa antes y después: lo que nos quedamos pensando, los propios fantasmas que uno tiene y que desafía para poder tener mejores conversaciones.
Estas prácticas nacen también de un interés profundo por aprender de las personas en las conversaciones: sobre cómo opera el poder, sobre los discursos hegemónicos, las tecnologías del poder. Por ejemplo, cómo opera la culpa, cómo los discursos culpabilizantes afectan nuestras vidas.
Entonces, las prácticas también tienen que ver con conocer muy bien cómo opera el poder en cada cultura local con la que trabajamos: culturas particulares, como la de les niñes, por ejemplo.
Recuerdo una transmisión en vivo en la que compartí una conversación con una niña de nueve años. Me hablaba de cómo le gustaba ser escuchada, de cómo sentía que los adultos no la escuchaban bien. En un momento leí un párrafo de lo que ella me dijo y pregunté al público: "¿Qué edad creen que tiene esta persona?". Las respuestas variaban: 20 años, 25… porque lo que decía era profundo, potente, y hablaba desde un lugar de saber que, si no escuchamos como se debe, podemos pasar por alto. Esa voz de niña, si no se reconoce, podría ser confundida con un discurso adulto, incluso feminista.
Esa sabiduría profunda, ese conocimiento, es lo que nos enseñan las preguntas narrativas: nos permiten aprender de los mundos dominantes y de los mundos alternativos, de lo hegemónico y de lo local, de lo avasallador y de lo diverso.
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Lo anterior parafrasea una transmisión en vivo de Carolina Letelier e Ítalo Latorre-Gentoso, querides compañeres en estos haceres, con quienes desde ADRIA Conversaciones compartimos la convicción de contribuir a espacios de conversación desde la dignidad de las personas.
Hasta ahora, esta ha sido la forma más respetuosa que hemos encontrado para acompañar a las personas a través de la conversación. Y si algún día apareciera otra forma más respetuosa, la incorporaríamos o cambiaríamos. Pero si no, aquí seguiremos.
Gracias por tomarse el tiempo de leer hasta el final. Es algo que no se puede resumir en menos. Al contrario, ¡daría para mucho más!