26/12/2025
Prisioneros sin muros: el encierro invisible de los migrantes con discapacidad en Estados Unidos
No tienen barrotes ni celdas, pero viven encerrados. Migrantes ciegos, personas usuarias de silla de ruedas, con prótesis, sordera u otras discapacidades enfrentan en Estados Unidos una prisión silenciosa: el miedo constante a ser detenidos y deportados. Las redadas migratorias han convertido sus hogares en refugios forzados y las calles en un riesgo imposible de asumir, especialmente para quienes no pueden correr ni esconderse.
En Los Ángeles, una reunión de la organización Migrantes con Discapacidad quedó casi vacía. No fue por falta de interés, sino por terror. El temor a las redadas del ICE obligó a muchas personas a quedarse en casa durante semanas e incluso meses. Algunas llevan más de dos meses sin salir. La mayoría solo sobrevive desde el encierro, aislada, con ansiedad y sin acceso pleno a apoyos médicos, sociales o comunitarios.
La historia de José Luis Hernández, migrante hondureño, da rostro a esta realidad. Hace 19 años, en su camino hacia el norte, cayó de un tren en el desierto de Chihuahua y perdió una pierna, un brazo y varios dedos. Sobrevivió. Años después, fundó organizaciones para apoyar a migrantes mutilados y hoy, desde Estados Unidos, sigue defendiendo a una comunidad a la que —como él mismo dice— “parece que quieren hacer sentir vergüenza hasta de existir”.
Las cifras apenas existen. No hay datos oficiales claros sobre cuántas personas migrantes indocumentadas viven con discapacidad. Sin embargo, organismos internacionales estiman que al menos el 15% de las personas desplazadas por la fuerza en el mundo tienen alguna discapacidad. En Estados Unidos, muchas de ellas quedan fuera de programas de apoyo simplemente por no tener un estatus migratorio regular.
A esta realidad se suma la experiencia de Blanca Ángulo, mujer mexicana, invidente y activista, quien coordina y acompaña a migrantes con discapacidad en Los Ángeles. Ella consigue abogados, acompaña a citas médicas, orienta en trámites y, sobre todo, brinda contención humana. Hoy, ni siquiera ella puede salir con tranquilidad: el miedo a la migra ha paralizado apoyos, cirugías y visitas esenciales.
El impacto no es solo físico. La ansiedad, el insomnio y el miedo se extienden también a hijas e hijos de personas migrantes, que viven con el temor constante de que sus padres no regresen a casa. Es una pesadilla cotidiana que contradice la idea del “sueño americano”.
Esta no es solo una historia de migración, es una historia de discapacidad, exclusión y resistencia. Una historia que nos recuerda que las personas migrantes con discapacidad existen, resisten y merecen vivir sin miedo. Porque nadie debería ser obligado a esconderse para sobrevivir.
📢 Visibilizar también es una forma de justicia.