10/11/2025
Hay momentos en el camino donde, de pronto, nos descubrimos perdidos.
No afuera, sino dentro.
Como si hubiéramos despertado en una selva oscura en la que nada tiene dirección y lo conocido ya no sirve como brújula.
La mente se desespera buscando respuestas, soluciones, salidas.
Pero cuanto más intenta controlar, más se pierde.
Es curioso: pensamos que la salida está en movernos, en hacer, en resistir…
cuando a veces la verdadera puerta se abre al detenernos.
Quedarse quietos.
Permitir.
Escuchar el lugar en el que estamos.
Hay un instante en el que, al dejar de huir del silencio,
algo empieza a hablar desde adentro.
Algo más antiguo
y más verdadero que el miedo.
Es ahí donde comprendemos que no estamos perdidos para la vida;
solo estábamos lejos de nosotros mismos.
Y entonces surge una claridad suave, casi imperceptible:
la certeza de que ese punto de desorientación no era un fracaso,
sino una invitación.
Una invitación a soltar el control,
a dejar morir lo pequeño,
a entregar algo de nosotros a lo que realmente importa.
No se trata de tener todas las respuestas,
sino de ofrecerse.
De decirle al misterio:
“Estoy aquí. Muéstrame.”
Y cuando dejamos de forzar el camino,
el camino aparece.
Porque a veces —solo a veces—
perderse no es el final del trayecto.
Es el comienzo de ser encontrado.
SAMÂDHI CIUDAD JUÁREZ