26/03/2026
He sobrevivido a una de mis peores depresiones.
A momentos en los que creí que perdería la cordura.
A noches de dolor profundo.
A esa sensación de que el cuerpo cruje y duele al mismo tiempo.
A una soledad encarnada que, por momentos, me asusta.
Al insomnio.
A veces pienso que he cruzado mis propios infiernos y que, al final, no quedaría nada más que cenizas. Sentía la piel arder, como si todo en mí estuviera al borde de consumirse.
Y, sin embargo, hoy sé que puedo seguir.
Que incluso atravesando todo esto, todavía hay una sonrisa para mis pacientes. Hay una chispa de ilusión cuando los escucho y descubro cómo sus propias crisis también los han transformado.
Quizá es ahí, en ese punto de encuentro con la vulnerabilidad, donde algo se resignifica. Donde dejamos de estar solos en el dolor y comenzamos, poco a poco, a transformarnos juntos.