26/01/2026
Imagine vivir a comienzos del siglo XX en una comunidad montañosa aislada. La vida es dura. El dinero escaso. El dentista más cercano está a días de distancia. Y un día pierde todos sus dientes.
No hay ayuda posible.
De esa realidad nació un objeto que hoy muchos consideran inquietante, pero que en su momento fue pura supervivencia.
Un hombre decidió resolverse el problema por sí mismo.
Encontró un coyote mu**to. Extrajo sus dientes. Luego derritió celuloide obtenido de mangos de cepillos de dientes y lo moldeó directamente sobre sus encías. Cuando el material aún estaba maleable, incrustó uno a uno los dientes del animal.
Así fabricó su propia dentadura.
La usó durante años.
En 1946, un dentista local conoció la prótesis. Lejos de burlarse, quedó impresionado por el ingenio y la precisión del trabajo. Le propuso algo inusual: le haría una dentadura profesional a cambio de conservar aquella pieza extraordinaria.
Hoy, esa dentadura hecha con dientes de coyote se exhibe en un museo.
Muchos la describen como algo perturbador. Pero vista en su contexto, es otra cosa. Es una muestra de adaptación extrema, de creatividad nacida de la necesidad.
En aquella época no era extraño usar dientes humanos extraídos de personas fallecidas para fabricar prótesis. Comparado con eso, el coyote resulta casi comprensible.
No es una historia de horror.
Es una historia de ingenio.
De cómo, cuando no hay opciones, las personas crean soluciones con lo que tienen a mano.