10/02/2026
Lo que pasó en Avenida Leones no debería leerse solo como un hecho aislado ni como un “incidente más” en la ciudad. Es una señal de alarma. Un recordatorio incómodo de lo que ocurre cuando la salud mental queda relegada, minimizada o atendida demasiado tarde.
Detrás del caos, del tráfico detenido y de los videos que circulan sin contexto, hay una persona en una situación límite. Y no, nadie decide conscientemente perder el control, desorientarse o exponerse al peligro. Las crisis emocionales y mentales no son actos voluntarios: son el resultado de procesos complejos que, muchas veces, llevan tiempo pidiendo ayuda sin recibirla.
Como sociedad, necesitamos revisar la forma en que miramos estos hechos. El juicio rápido, la burla o la indiferencia no protegen a nadie. Al contrario, refuerzan el estigma y nos alejan de una verdad incómoda: cualquiera puede atravesar una crisis si las condiciones se alinean. La diferencia no es la fuerza de voluntad, sino el acceso a apoyo oportuno.
Esto también es un llamado directo a las autoridades. La salud mental no puede seguir siendo el área olvidada del sistema de salud. La falta de presupuesto, la escasez de especialistas y la ausencia de espacios dignos de atención no son fallas menores: son riesgos reales para la vida de las personas. Una crisis no espera meses, no se agenda, no entiende de trámites. Invertir en prevención, atención inmediata y acompañamiento continuo no es un lujo ni un favor. Es una obligación. Porque cuando el sistema no sostiene, la caída no es individual: es colectiva.
Que lo ocurrido no se diluya entre notas amarillistas o debates superficiales. Que sirva para exigir cambios reales, para hablar de salud mental con seriedad y humanidad, y para recordar algo esencial: cuidar la salud mental es cuidar la vida. Y mañana, esa vida podría ser la nuestra o la de alguien que amamos.