21/10/2025
Si su hijo quiere ser paramédico, no lo permita.
Convénzalo de que mejor venda aguas en los semáforos, porque ganará más y nadie le gritará “¡ya tardaron!”.
Si su hijo quiere ser paramédico, no lo permita.
Explíquele que es mejor ser influencer: ahí con un filtro y una sonrisa fingida puede ganar en una historia lo que un paramédico no gana en una semana de guardias.
Si su hijo quiere ser paramédico, no lo permita.
Porque un día lo verá salir con los ojos hinchados de cansancio, las manos temblando y el estómago vacío, después de 24 horas de trabajo, y aún así le dirán:
“Pero si tú elegiste eso, ¿no que te gustaba ayudar?”
Si su hijo quiere ser paramédico, no lo permita.
Porque descubrirá que salvar vidas no da puntos en la nómina, ni horas extras, ni reconocimiento, ni descanso.
Y cuando le dé un paro cardíaco a medio turno, el sistema lo tratará como un número más… pero el pueblo le aplaudirá con un emoji de “🙏”.
Si su hijo quiere ser paramédico, no lo permita.
Porque tendrá que improvisar hospitales en banquetas, convertir un trozo de venda en esperanza y un litro de oxígeno en milagro.
Y mientras tanto, los que deberían darle recursos estarán inaugurando campañas en redes con frases como “Héroes de la salud”, pero sin gasolina para la ambulancia.
Si su hijo quiere ser paramédico, no lo permita.
Porque vivirá corriendo contra la muerte con una camilla oxidada, un chaleco roto y una radio que apenas sirve,
pero aun así tendrá que sonreír y decir: “Todo va a estar bien”.
Si su hijo quiere ser paramédico, no lo permita.
Porque será testigo de la crueldad y la ignorancia de muchos que prefieren grabar con el celular antes que ayudar.
Y cuando su hijo esté reanimando a alguien, verá cómo el público exige resultados como si fuera un reality show:
“¡Ay, se tardan! ¡No lo saben mover!”
Pero si su hijo, a pesar de todo esto,
decide ser paramédico…
abrácelo fuerte.
Porque usted no tendrá un hijo común: tendrá un ser humano extraordinario, uno que aprendió que la vida vale más que cualquier sueldo.
Porque ser paramédico no es un empleo, es una locura bendita.
Es levantarse cada día sin saber si regresará a casa,
es jugarle al destino con una sirena por banda sonora y la fe como combustible.
Y aunque el sistema lo explote, la sociedad lo ignore y el cansancio lo consuma,
él o ella seguirá ahí, en cada accidente, en cada parto, en cada rescate,
donde la mayoría huye y solo los valientes se quedan.
Porque no se trabaja de paramédico... SE NACE PARAMÉDICO.
Y eso, en un país donde pocos valoran la vida,
es ser rico de alma, y loco de corazón.