14/02/2026
En el año 79 d.C., antes de que el monte Vesubio sepultara Pompeya bajo ceniza ardiente, alguien dejó una advertencia en el suelo de su casa que seguimos entendiendo perfectamente hoy.
No era una señal pintada. Era un mosaico.
En el vestíbulo de la Casa del Poeta Trágico, los arqueólogos encontraron un perro negro encadenado, congelado en postura de ataque, construido con miles de teselas de piedra. Debajo, dos palabras en latín: CAVE CANEM.
“Cuidado con el perro”.
No era un adorno decorativo. Era un mensaje inmediato, colocado justo donde el visitante daba el primer paso al entrar. Una advertencia clara: este espacio está protegido.
Este detalle revela algo profundo. Hace casi dos mil años, los perros ya cumplían un rol sorprendentemente similar al actual. No solo como guardianes físicos, sino como símbolos de control, seguridad y límite entre lo público y lo privado.
Los romanos no improvisaban con esto. Escritores como Varrón y Columela dedicaron tratados enteros a describir qué tipo de perros eran mejores para proteger propiedades: grandes, de ladrido profundo, apariencia intimidante y lealtad absoluta. Las evidencias arqueológicas y literarias muestran que muchos perros recibían nombres propios, entrenamiento especializado e incluso epitafios al morir.
El perro del mosaico no es genérico. Está representado con precisión: músculos tensos, dientes expuestos, collar con tachuelas, cadena visible. El artista sabía exactamente qué emoción debía provocar. Respeto. Precaución. Distancia.
Este mosaico sobrevivió a la erupción volcánica más famosa de la historia, a siglos de saqueos, guerras y olvido. Y su mensaje sigue intacto.
Aquí hay un guardián. Respeta este espacio.
La relación entre humanos y perros no es casual. Es antigua, funcional y profundamente simbólica. Y este mosaico es una prueba petrificada de que, incluso cuando Roma dominaba el mundo, ya confiábamos en los perros para proteger lo que más importaba.