30/09/2025
—Hijo, ya creciste, ya no te hago falta… y eso está bien —le dijo su papá con una sonrisa tranquila mientras lo veía partir.
Él se iba a otra ciudad a comenzar su vida: trabajo nuevo, departamento nuevo, sueños por cumplir.
—Te voy a llamar los fines de semana, pa —le dijo al despedirse con un abrazo.
Y así fue… al principio.
Después las llamadas se hicieron más espaciadas.
Una semana sí, otra no…
Luego pasaban meses sin hablar.
Y, sin darse cuenta, el tiempo empezó a correr más rápido de lo que pensaba.
Su papá solía llamarlo. A veces solo para escuchar su voz.
—¿Cómo estás, hijo? Solo quería saber de ti —decía con tono suave.
Pero él siempre andaba apurado.
—Ahorita voy a una junta, hablamos al rato, ¿sí?
Y ese “al rato”… casi nunca llegaba.
Una tarde, su papá le dijo algo que no supo responder:
—No te preocupes por mí… solo me hace bien saber que estás bien. A veces solo quisiera que me contaras cómo te va, nada más.
Él asintió, respondió con prisa, y volvió a colgar.
No pensó mucho en eso.
Hasta que, una madrugada, una llamada lo sacó del sueño con un golpe al corazón.
—Tu papá está grave… y pidió que no te avisáramos antes. Pero ya no aguanta mucho. Si puedes venir…
Corrió al hospital con el alma hecha n**o.
Y ahí estaba su padre, dormido entre máquinas y suspiros.
Le habló. Lo llamó.
Pero no hubo respuesta.
Sobre la mesita, una carta.
Con su nombre.
“Si estás leyendo esto, es porque ya partí.
Quiero que sepas que no me faltó nada.
Tu felicidad fue mi mayor alegría.
Aunque la vida nos llevó por caminos distintos, siempre te llevé conmigo.
Abrázalo a tu hijo cada noche. No pierdas tiempo.
El amor no necesita estar encima para sentirse cerca.
Y yo… siempre estuve contigo.”
Lloró como nunca.
No por lo que su padre le dio, sino por lo que él no dio a tiempo.
Ese día entendió algo que ya no se le olvida:
No dejes que el cariño se quede guardado.
Las flores más importantes se entregan en vida.
Después… ya no sirven.
Llama.
Abraza.
Hazte presente.
Porque el tiempo no avisa cuándo deja de esperar.