18/11/2025
Esta imagen tomada en el MIT, donde la neurocientífica Rebecca Saxe aparece abrazando a su hijo dentro de una resonancia, confirma algo que quienes trabajamos en educación emocional sabemos desde hace años, cuando dos personas se encuentran de verdad, el cerebro se reorganiza.
No hablamos solo de cariño. Hablamos de sincronía humana, como ese instante en que la atención, la empatía y el afecto empiezan a alinear nuestras ondas cerebrales, regulan la respiración, bajan el cortisol y despiertan neurotransmisores que reparan, oxitocina, serotonina, dopamina, creando bienestar y seguridad emocional.
La ciencia está logrando fotografiar lo que antes solo intuíamos, que un abrazo, una mirada sostenida o una conversación honesta también son medicina.
Y que el cerebro de un niño, y el de un adulto, necesita estas experiencias tanto como necesita alimento o descanso.
En un tiempo donde la inteligencia artificial avanza con una velocidad impresionante, es importante recordar algo esencial, creo yo que la primera inteligencia que nos permite vivir, aprender, confiar y vincularnos sigue siendo la afectiva.
La tecnología puede procesar datos, pero no puede ofrecer presencia. Puede responder, pero no puede abrazar.
Puede simular emociones, pero no puede regular las nuestras.
Por eso, cada día lo reafirmo: la conexión humana no es un lujo emocional, es una necesidad neurobiológica.
Y cuando la cultivamos, no solo sanamos el presente: fortalecemos el futuro de quienes amamos.