Endocrinología y Reproducción Dra. Hilda P. Valencia GDL

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04/01/2026

MANUEL VELASCO SUÁREZ: EL MÉDICO QUE SALVÓ A PEDRO INFANTE Y CAMBIÓ LA NEUROLOGÍA EN MÉXICO.

Hoy, en el marco del natalicio de Manuel Velasco Suárez, vale la pena recordar a uno de los científicos más importantes que ha dado México, cuyo nombre quedó ligado tanto a la historia de la medicina como a la de una de las máximas figuras del cine nacional.

El médico y neurólogo que operó a Pedro Infante tras sus dos primeros accidentes aéreos fue el Manuel Velasco Suárez. En una de esas intervenciones le colocó una placa de platino en el cráneo, un detalle médico que, años después, sería clave para identificar al ídolo mexicano tras su trágica muerte en Mérida, cuando su cuerpo quedó severamente carbonizado.

Pero Manuel Velasco Suárez no fue solo “el médico de Pedro ”. Fue pionero de la neurología y la neurocirugía en , un humanista, científico y académico de enorme prestigio nacional e internacional. En 1964 fundó el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía, institución que hoy lleva su nombre y que marcó un antes y un después en la atención de enfermedades neurológicas en el país, siendo él mismo su principal director.

Décadas más tarde, su trayectoria lo llevaría también a la vida pública, convirtiéndose en gobernador de , sin abandonar nunca su vocación académica ni su compromiso con la ciencia.

La historia cuenta que, en señal de agradecimiento, Pedro Infante llevó mariachis a la casa de Manuel Velasco Suárez, un gesto que refleja no solo la gratitud del artista, sino el profundo respeto hacia quien le salvó la vida.

Hoy, en su natalicio, recordar a Manuel Velasco Suárez es recordar a los médicos que construyeron instituciones, salvaron vidas y dejaron huella en la historia de México, muchas veces lejos de los reflectores, pero con un legado que sigue vivo.

26/12/2025

Coma y muerte cerebral: no son lo mismo 🧠

La imagen lo explica mejor que mil palabras:

🔹 Coma (izquierda):

El cerebro está gravemente afectado, pero aún hay flujo sanguíneo y actividad.
El cuerpo late, respira con ayuda si es necesario y mantiene funciones vitales.
Es un estado profundo de inconsciencia, pero en algunos casos puede ser reversible.

🔹 Muerte cerebral (derecha):

El cerebro ya no recibe sangre ni oxígeno.
No hay actividad eléctrica.
No hay función neurológica.
Es un estado irreversible, clínicamente equivalente al fallecimiento, aunque el corazón siga latiendo gracias a máquinas de soporte.

¿Por qué es tan importante diferenciarlos?

Porque el coma da lugar a la esperanza médica, mientras que la muerte cerebral marca el final de toda función cerebral.

- En el coma, los médicos buscan causas, tratamientos y posibilidades de recuperación.
- En la muerte cerebral, la ciencia confirma que ya no existe posibilidad de volver.

Además, la muerte cerebral tiene una implicación única:
es el momento en que la vida de una persona puede extenderse hacia otras, a través de la donación de órganos.

Entender esta diferencia evita confusiones dolorosas, permite tomar decisiones con claridad y ayuda a las familias en momentos difíciles.

El coma es espera.
La muerte cerebral es despedida.

——

Recordatorio médico importante: esta información es de carácter académico e informativo. No reemplaza la valoración médica presencial ni debe utilizarse para autodiagnóstico. Ante cualquier síntoma, consulta siempre con un profesional de salud.

25/12/2025

Premio Nobel de Medicina 2025: Por fin entendemos por qué el cuerpo se ataca a sí mismo (y cómo detenerlo). 🧬🏆

Para millones de personas que viven con Lupus, Artritis Reumatoide, Diabetes Tipo 1 o Esclerosis Múltiple, la pregunta siempre es la misma: "¿Por qué mis defensas, que deberían protegerme, se han convertido en mi enemigo?".

Hoy, la ciencia celebra la respuesta. El Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2025 ha sido otorgado a Mary E. Brunkow, Fred Ramsdell y Shimon Sakaguchi por descifrar el "Código del Autocontrol Inmunológico".

Los "Cascos Azules" de tu Sangre

Su investigación descubrió el rol vital de las Células T Reguladoras (Tregs). Imagina que tu sistema inmune es un ejército armado hasta los dientes. Sin control, ese ejército dispararía a todo lo que se mueve, incluyéndote a ti.

El Hallazgo: Las Tregs actúan como los "pacificadores" o árbitros. Su trabajo es decir: "¡Alto el fuego! Ese tejido es nuestro, no lo ataquen".

El Interruptor: También descubrieron el gen FOXP3, que es el interruptor maestro que da a estas células su poder. Cuando este gen falla, el "árbitro" desaparece y el caos (enfermedad autoinmune) comienza.

🌿 ¿QUÉ SIGNIFICA ESTO PARA EL FUTURO?

Este no es solo un premio académico; es la hoja de ruta para nuevas curas. Al entender cómo funciona este interruptor, los científicos ahora pueden desarrollar terapias para:

Enfermedades Autoinmunes: "Encender" o potenciar las Tregs para que calmen al sistema inmune y detengan el ataque al cuerpo.

Cáncer: Hacer lo contrario; "apagar" temporalmente las Tregs que a veces protegen a los tumores, permitiendo que el sistema inmune ataque el cáncer con toda su fuerza.

Es un momento histórico. La medicina está pasando de tratar los síntomas a corregir el error de comunicación original en nuestras células.

¿Conoces a alguien que lucha contra una condición autoinmune? Esta noticia es para ellos.



Fuente: Nobel Prize Committee 2025 Announcement / Physiology or Medicine.

20/12/2025

A principios de 1922, un chico de 14 años llamado Leonard Thompson yacía en una cama del Hospital General de Toronto, entrando y saliendo de un coma diabético. Con un peso de apenas 65 libras (29 kg), era la sombra de lo que había sido. En aquella época, un diagnóstico de diabetes tipo 1 era prácticamente una sentencia de muerte.

Esta es la historia de cómo una enfermedad “fatal” se convirtió en una condición manejable.

Antes del descubrimiento de la insulina, el único “tratamiento” conocido para la diabetes era una dieta brutal, casi de inanición. A los pacientes se les restringía a unas pocas centenas de calorías al día para minimizar el consumo de azúcar.

Aunque esto podía prolongar la vida uno o dos años, los pacientes a menudo sucumbían a la desnutrición si la enfermedad no se los llevaba antes.

Cuando Leonard fue ingresado en el hospital, su padre se enfrentó a una elección: ver a su hijo apagarse o intentar un tratamiento experimental y no probado.

Mientras Leonard luchaba por su vida, un joven médico canadiense llamado Frederick Banting trabajaba en una teoría. Creía que podía aislar una secreción interna del páncreas que regulaba el azúcar en sangre.

Trabajando junto a Charles Best y bajo la supervisión de John Macleod, Banting probó con éxito esta sustancia —más tarde llamada insulina— en perros con diabetes.

Los resultados en animales eran innegables: el azúcar en sangre bajaba y la salud mejoraba. Sin embargo, el salto de animales a humanos era una frontera peligrosa.

El 11 de enero de 1922, Leonard Thompson se convirtió en el primer ser humano de la historia en recibir una inyección de insulina.

No fue un éxito inmediato. El primer extracto era impuro, y Leonard sufrió una fuerte reacción alérgica (urticaria) sin que su azúcar en sangre bajara de forma significativa. El equipo volvió al laboratorio, donde el bioquímico James Collip trabajó sin descanso para purificar la fórmula.

Doce días después, Leonard recibió una segunda ronda de inyecciones.

Esta vez, los resultados fueron poco menos que milagrosos:
Su azúcar en sangre se desplomó.
Su fuerza empezó a regresar.

Los síntomas mortales de la cetoacidosis desaparecieron.

La noticia de la recuperación de Leonard se propagó como la pólvora. Titulares en todo el mundo lo celebraron como una revolución médica. Sin embargo, la Universidad de Toronto se enfrentó a un nuevo desafío: cómo producir suficiente insulina para salvar a las miles de personas que la reclamaban.

Entonces apareció Eli Lilly. Tras un rechazo inicial, la empresa se asoció con la Universidad a mediados de 1922 para producirla a gran escala y seguir refinando la hormona. Para 1923, la insulina se enviaba a todo el mundo, ofreciendo esperanza donde antes solo había desesperación. Ese mismo año, Banting y Macleod recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina.

Leonard Thompson vivió 13 años después de aquella primera inyección histórica. Irónicamente, no falleció por la diabetes, sino por una neumonía en 1935.

Su legado vive en cada pluma, bomba y vial de insulina que se utiliza hoy.

Fue el puente entre un mundo en el que la diabetes era una sentencia de muerte y una era moderna en la que es simplemente una condición con la que se vive.

El progreso requiere a personas como la familia Thompson que, ante la desesperación absoluta, están dispuestas a confiar en lo desconocido.

Sin el valor de probar un tratamiento no comprobado, la puerta a la endocrinología moderna podría haber permanecido cerrada durante muchas décadas más.

La esperanza nunca es una causa perdida.

18/12/2025

Como ortopedista quiero mostrarte lo que significa realmente la osteoporosis, y esta imagen lo explica sin palabras: un hueso que debería ser sólido y resistente, por dentro se ve como una esponja frágil, lleno de “huecos” y con trabéculas adelgazadas.

Eso es la osteoporosis: una pérdida progresiva de masa y calidad ósea. El problema no es solo “tener menos hueso”, sino que el hueso pierde su arquitectura interna, y por eso se vuelve incapaz de soportar cargas normales del día a día.

Por eso ocurren fracturas con caídas pequeñas, con un mal movimiento o incluso al cargar algo liviano. Las más frecuentes y peligrosas son:

- Columna (fracturas vertebrales que pueden causar dolor crónico y pérdida de estatura)

- Cadera (la que más se asocia con pérdida de independencia y complicaciones graves)

- Muñeca

Lo más peligroso es que la osteoporosis suele avanzar en silencio: no duele hasta que aparece la primera fractura. Por eso los factores de riesgo importan tanto: edad, menopausia, antecedentes familiares, bajo peso, sedentarismo, tabaquismo, alcohol, déficit de vitamina D/calcio y el uso prolongado de corticoides, entre otros.

Lo que sí puedes hacer a tiempo:

- Fuerza y ejercicios con carga (caminar no es lo mismo que entrenar fuerza)
- Calcio y vitamina D si hay déficit o indicación médica
- Evitar tabaco y exceso de alcohol
- Densitometría ósea cuando corresponde
- Tratamiento farmacológico en quienes ya tienen alto riesgo de fractura

La osteoporosis no solo “debilita huesos”: puede cambiar una vida entera con una fractura que era prevenible. Detectarla temprano y actuar es la diferencia.

___

Mensaje final: El contenido ofrecido es exclusivamente para fines informativos y de formación. No equivale a una evaluación médica presencial. Cualquier síntoma debe ser valorado por un profesional de la salud.

02/12/2025

1º de diciembre
DÍA DE LAS QUÍMICAS Y LOS QUÍMICOS

¡Felicidades!


́mica

02/12/2025


CLAUSURA DE POSGRADO EN ENFERMERÍA DEL NEONATO Y PERINATAL (UNAM -FENO)
Generación 2025-2/2026-1



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28/11/2025

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Cuando una mujer entra sola a la sala de parto, sin pareja ni acompañante, siempre le pregunto en voz bajita:
«¿A quién le vamos a llamar primero cuando nazca tu bebé?»

Al inicio del trabajo de parto, casi siempre responde lo mismo:
— Pues… a mi esposo. ¿A quién más?

Pero después… todo cambia.
Cuando tiene a su milagrito en los brazos, cuando los ojos se le llenan de lágrimas y la voz le tiembla de tanta felicidad… ese teléfono en su mano marca otro número.
El número de su mamá.

Porque en ese instante no solo nace un bebé.
También nace una comprensión profunda: todo lo que su propia madre le dio alguna vez —amor, desvelos, paciencia, fuerza, cuidados que no caben en palabras.

En un segundo se borran los cursos, los libros, los consejos…
Y llega una gratitud clara, suave, inevitable.

En algún lugar de la ciudad, quizá en un departamento modesto o en una casa vieja con patio, está una mujer frente a la ventana.
A veces joven todavía, con su bata favorita y mil planes pendientes.
A veces ya con canas, con manos cansadas que recuerdan todo: enfermedades, berrinches, primeros amores, primeras pérdidas.
Se abraza el teléfono al pecho y susurra:
«Diosito… ayúdala.»

Y entonces… suena esa llamada tan esperada.
El corazón se detiene tantito, el mundo se queda quieto.
Antes de acercar siquiera el teléfono al oído, escucha el sonido más verdadero de la vida:
el primer llanto de su nieto o su nieta.

No es solo un llanto.
Es la voz de una nueva rama de la familia.
Es el primer “hola” para la abuela.
Es la confirmación de que el amor no termina: solo se transforma y sigue su camino.

Y yo amo ese momento.
No el simple “ya nació, todo bien”, sino ese primer grito que rompe distancias, cables, fronteras y une a tres generaciones en un solo instante infinito.
Y cuando estoy ahí, sosteniendo el teléfono en altavoz, siento que toco la esencia misma de la vida.

Pero ser doctora no es solo alegría.
También estamos ahí cuando llega el silencio, cuando las oraciones se dicen distinto, cuando el dolor pesa más que las palabras.
Vivimos siempre al borde: entre la esperanza y la pérdida, entre el primer llanto y el último suspiro.
Por eso, antes de cada turno, murmuro mi propia oración:

«Dios, no me pongas a prueba hoy.
No pruebes a otros a través de mis manos.
Y si algo tiene que pasar, dame fuerza para aceptarlo, vivirlo y seguir siendo humana.
Para tener el valor de volver mañana… y seguir ayudando a traer vida al mundo.»

— Natalia Yaremchuk

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28/11/2025

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Le dijeron que los laboratorios de física “no eran lugar para mujeres”… así que construyó su propio laboratorio en un pequeño hospital del Bronx, desarrolló una técnica que revolucionó toda la medicina y ganó el Premio Nobel, demostrando cuán catastróficamente equivocados estaban.
Esta es la historia de Rosalyn Sussman Yalow, y de cómo la negativa de una mujer a aceptar un “no” salvó millones de vidas.

El Bronx, Nueva York.

Rosalyn Sussman nació en un apartamento modesto dentro de una familia trabajadora de inmigrantes judíos—en un mundo que ya había decidido sus límites antes incluso de que pudiera hablar.

Su padre trabajaba jornadas largas y agotadoras. Su madre fomentaba la lectura como el camino hacia una vida mejor. ¿Y la joven Rosalyn?

Estaba consumida por preguntas que no la dejaban descansar.

¿Cómo funcionan las cosas? ¿Por qué la luz se comporta así? ¿De qué están hechas las estrellas? ¿Por qué el universo sigue estos patrones?

En la secundaria tomó una decisión que parecía completamente imposible para una niña de clase trabajadora en la Nueva York de los años 30:

Se convertiría en científica.

No maestra—lo apropiado para una mujer educada.
No enfermera—aceptable.
Una científica. En concreto, una física.

Cuando se lo contó a sus profesores, ellos sonrieron como los adultos que escuchan a un niño decir que quiere ser astronauta o presidente: amables, indulgentes… y absolutamente incrédulos.

“Los laboratorios no son lugar para mujeres, querida.”

Las universidades repetían el mismo mensaje. Los departamentos de física simplemente no aceptaban mujeres. No era siempre una política escrita—era algo “entendido”. Las mujeres no hacían física. El equipo era demasiado costoso para “malgastarlo” en alguien que, según ellos, se casaría y abandonaría.

Rosalyn Sussman no discutió.

Simplemente se negó a escuchar.

Ingresó en Hunter College, una de las pocas instituciones que realmente enseñaban ciencia a mujeres. Estudió con una determinación feroz, absorbiendo todo lo que pudo.

Luego solicitó ingreso en programas de doctorado en física.

Solicitud tras solicitud. Rechazo tras rechazo.

Finalmente, en 1941, la Universidad de Illinois la aceptó para un doctorado en física nuclear.

Cuando entró a su primera clase de posgrado, miró alrededor una sala con cuatrocientos estudiantes.

Solo dos eran mujeres. Ella era una de ellas.

La única mujer en la Facultad de Ingeniería.

Los hombres la miraron. Los profesores eran abiertamente escépticos. A sus compañeros les incomodaba trabajar con ella. Pero Rosalyn había aprendido algo crucial hacía mucho tiempo:

La incomodidad ajena no era un problema que a ella le tocara resolver.

Fue en Illinois donde conoció a Aaron Yalow—otro físico que vio su mente como un igual, no como una rareza. Se casaron, y Aaron se convirtió en su apoyo de por vida en un mundo que insistía en decirle que se rindiera.

Cuando Rosalyn obtuvo su doctorado en 1945, la Segunda Guerra Mundial acababa de terminar. Los hombres regresaban del frente reclamando sus trabajos en laboratorios y universidades.

Y ninguna universidad quería contratar a una mujer física.

Golpeó puertas. Enviaba carta tras carta. Repetidamente le decían que no había puestos “adecuados” para una mujer con sus calificaciones.

El mensaje era claro: tu título no importa. Tu talento no importa. Eres mujer, y no te queremos aquí.

Finalmente encontró un puesto en el Hospital de Veteranos del Bronx—un pequeño centro crónicamente infradotado donde la mayoría de científicos establecidos jamás querría trabajar.

Perfecto.

Porque Rosalyn Sussman Yalow no necesitaba prestigio, ni equipos costosos, ni títulos impresionantes.

Necesitaba un laboratorio. Y acababa de encontrar uno.

En ese hospital modesto, con equipamiento obsoleto y fondos mínimos, conoció al Dr. Solomon Berson—un internista con una mente brillantemente curiosa y absolutamente desinteresado en mantener el status quo.

Juntos se hicieron una pregunta que cambiaría la medicina para siempre:

¿Y si pudiéramos medir lo invisible?

En ese entonces, los médicos diagnosticaban trastornos hormonales básicamente adivinando. Observaban síntomas—fatiga, cambios de peso, estados de ánimo—y conjeturaban.

Medir hormonas directamente se consideraba imposible. Las cantidades en sangre eran diminutas—demasiado pequeñas para ser detectadas.

Rosalyn y Solomon pensaron lo contrario.

Durante años desarrollaron una técnica revolucionaria llamada radioinmunoensayo (RIA). Usaba isótopos radiactivos como trazadores para medir cantidades minúsculas de hormonas y otras sustancias en la sangre.

Antes del RIA, la medicina volaba a ciegas.

Después del RIA, los médicos pudieron ver.

Por primera vez en la historia podían medir con precisión los niveles de insulina en pacientes diabéticos. Controlar la función tiroidea con exactitud. Observar cómo el cuerpo metaboliza medicamentos. Detectar hormonas del embarazo antes que nunca. Identificar cánceres antes de que aparecieran los síntomas.

Las implicaciones fueron revolucionarias.

RIA no cambió solo un campo o una enfermedad. Cambió toda la medicina.

Se convirtió en la base de miles de pruebas diagnósticas. Extendió millones de vidas. Transformó la conjetura educada en ciencia precisa.

Y aun cuando su técnica ganaba reconocimiento global, Rosalyn seguía enfrentando las mismas desestimaciones silenciosas:

En conferencias la asumían como asistente. Colegas la presentaban como “la técnica del Dr. Berson”. Fotógrafos literalmente le pedían que se apartara para fotografiar “al científico”.

Ella no se enfurecía. No sermoneaba. No exigía respeto.

Simplemente seguía trabajando a un nivel imposible de ignorar.

1977: el año que lo cambió todo

Ese año ocurrió una tragedia:

Solomon Berson murió repentinamente de un ataque al corazón a los 54 años.

Los científicos esperaban que Rosalyn se retirara, que dejara a otros continuar el trabajo.

En lugar de eso, duplicó sus esfuerzos.

Continuó la investigación sola, asegurando que el nombre de Berson permaneciera unido a su técnica para siempre. No permitiría que su legado fuera borrado.

Meses después, llegó la llamada desde Estocolmo.

Rosalyn Sussman Yalow había ganado el Premio Nobel de Fisiología o Medicina.

La segunda mujer en la historia en ganarlo en esa categoría.
La primera mujer nacida en Estados Unidos.
La primera mujer en ganarlo por trabajo hecho fuera del sistema universitario tradicional.

En el escenario, dijo:

“Debemos creer en nosotras mismas, o nadie más lo hará.”

Estas palabras no eran autobiografía. Eran una declaración. Un desafío. Un mapa.

Para cada niña a la que le dijeron que no.
Para cada mujer a la que le dijeron que fuera “razonable”.
Para cada científica descartada antes de poder demostrar nada.

Rosalyn no se detuvo después del Nobel.

Dedicó el resto de su vida a guiar jóvenes científicos, especialmente mujeres. Cada ceremonia se convertía en una plataforma. Cada entrevista en una defensa. Cada discurso en un llamado a la acción.

Instaba a desobedecer, a hacer preguntas incómodas, a nunca aceptar que algo es “imposible”.

Rosalyn Sussman Yalow murió el 30 de mayo de 2011, a los 89 años.

Pero entra hoy a cualquier hospital. Cualquier laboratorio. Cualquier clínica donde se extrae sangre.

Su legado está en todas partes.

Millones de personas que no conocen su nombre—que no tienen idea de quién desarrolló las pruebas que monitorean su diabetes, revisan su tiroides, detectan su embarazo, o encuentran su cáncer—le deben su salud, quizá su vida.

Monitoreo de diabetes.
Pruebas de tiroides.
Detección de cáncer.
Detección temprana del embarazo.
Dosis precisas de medicamentos.
Tratamientos hormonales.
Terapias de fertilidad.

Todo remonta a una mujer a la que le dijeron que los laboratorios “no eran lugar para mujeres”.

Rosalyn Sussman Yalow demostró que la ambición no es arrogancia—es visión.
Que la perseverancia, no el permiso, cambia el mundo.
Que cuando todas las puertas se cierran, no esperas cortésmente a que alguien reconsidere.

Encuentras otra manera de entrar. Construyes tu propio laboratorio. Y haces el trabajo tan brillantemente que la historia no puede olvidarte.

Le dijeron que no.

Ganó el Nobel de todos modos—y salvó millones de vidas en el proceso.

25/11/2025

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25/11/2025

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12/11/2025

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