28/01/2026
En el sistema familiar, el chivo expiatorio es aquel miembro sobre el que se depositan tensiones, conflictos y emociones que la familia no logra —o no quiere— reconocer como propias.
No ocupa ese lugar por casualidad.
Suele ser quien percibe lo que otros niegan, quien cuestiona lo establecido o quien, por su sensibilidad, evidencia lo que el sistema prefiere callar.
Al señalarlo como “el problema”, la familia mantiene una apariencia de equilibrio. El conflicto se concentra en una sola persona y se evita una revisión más profunda de las dinámicas familiares.
Crecer en ese lugar deja huellas significativas: culpa persistente, dificultad para confiar en la propia percepción, hiperresponsabilidad emocional y una sensación constante de no ser suficiente.
Con el tiempo, la herida más profunda no es el señalamiento externo, sino la internalización de ese relato.
Sanar implica reconocer que muchas de esas cargas no eran propias, que ocupar ese lugar no fue un fallo personal, sino una función dentro del sistema familiar.
No eras el problema.
Eras quien hacía visible lo que no estaba siendo atendido.
El término proviene de un antiguo ritual descrito en textos bíblicos. Una vez al año, la comunidad colocaba simbólicamente sus culpas, errores y conflictos sobre un chivo, que luego era expulsado al desierto.
El animal no era culpable.
Solo cargaba con lo que el grupo no quería asumir.
En psicología, este concepto se usa de forma metafórica para describir a la persona que cumple esa misma función dentro de un sistema: recibir proyecciones, culpas y tensiones ajenas para que el resto conserve una sensación de orden.
Por eso, cuando fuiste el chivo expiatorio,
no eras el problema.
Eras el espejo.