16/11/2025
El adicto le teme más a la vida que a la muerte.
A lo largo de los años escuchando historias de adictos activos y en recuperación (alcohol y dr**as) he visto una verdad que pocos se atreven a nombrar: el adicto le teme más a la vida que a la muerte.
No porque desee desaparecer…
sino porque la vida, con todo lo que pide, se siente demasiado grande para cargarla.
Cuando digo temor a la vida, hablo de ese miedo profundo a sentir, a hacerse responsable, a mirar adentro, a sostener la propia existencia sin anestesia. La sustancia, la conducta compulsiva, el consumo… funcionan como una especie de refugio temporal donde “nada duele”, aunque después duela todo.
El adicto no huye de la realidad… huye de sí mismo dentro de la realidad.
Desde una mirada emocional profunda, muchos adictos crecieron sintiendo que vivir implicaba exigencias imposibles:
Ser fuertes cuando estaban rotos.
Ser obedientes cuando estaban asustados.
Ser “buenos hijos” cuando cargaban dolores que jamás pudieron nombrar.
Ser adultos sin haber sido escuchados como niños.
Por eso, cuando la vida les pide “responsabilidad”, “compromiso”, “orden” o “sentir”, se activa un pánico que no se ve, pero que los consume por dentro.
Y ahí es donde la muerte, o la autodestrucción lenta del consumo, parece menos aterradora que mirar hacia adentro.
Pero aquí viene lo más duro:
Ese terror a la vida no es una elección consciente. Es una herida aprendida.
Una herida que se construyó en su historia, en los silencios, en la falta de sostén emocional, en las rupturas que nadie vio.
No es que el adicto no quiera vivir… es que no sabe cómo hacerlo sin dolor.
Y por eso la recuperación no comienza con fuerza de voluntad, ni con promesas, ni con amenazas.
Comienza con un proceso que lo ayude a acercarse a la vida sin sentir que lo arrastra.
Terapia, grupos, acompañamiento, límites, consecuencias… son caminos que permiten que el adicto aprenda lo que nunca aprendió:
Sostenerse. Sentirse. Acompañarse.
A ti, familiar, quiero decirte algo con respeto:
No puedes quitarle el miedo a la vida, pero sí puedes dejar de suavizarle la muerte emocional permitiendo que todo lo haga sin consecuencias.
La recuperación ocurre cuando él —o ella— descubre, paso a paso, que sí puede vivir, aunque al principio tiemble.
Y a ti, adicto en recuperación, te digo algo desde el corazón:
No estás hecho para morir… aunque a veces lo hayas pensado.
Estás hecho para encontrarte.
Para sentir sin destruirte.
Para vivir sin anestesia.
Para descubrirte sin miedo.
El verdadero valor del adicto no está en dejar de consumir… sino en atreverse a vivir.