01/03/2026
*Neurodivergencias y el duelo materno*
Introducción
El nacimiento de un hijo suele ir acompañado de un entramado de expectativas, proyecciones y fantasías que configuran lo que en psicoanálisis se denomina el “hijo imaginario”. Cuando un niño es diagnosticado con alguna condición dentro del espectro de las neurodivergencias —como el Trastorno del Espectro Autista (TEA), el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) o la dislexia— la madre puede experimentar un proceso de duelo complejo. No se trata del duelo por la muerte física, sino por la pérdida simbólica del hijo idealizado y del proyecto vital anticipado. Este capítulo, analiza, desde una perspectiva interdisciplinaria (psicología clínica, Análisis Existencial y estudios sobre discapacidad), la experiencia del duelo materno ante la neurodivergencia, problematizando tanto sus riesgos patologizantes como sus potencialidades transformadoras.
Neurodivergencia: marco conceptual
El concepto de neurodiversidad fue propuesto por Judy Singer en la década de 1990 para cuestionar la visión estrictamente medicalizada de ciertas condiciones neurológicas. Desde esta perspectiva, la neurodivergencia no es meramente un trastorno, sino una variación del funcionamiento cerebral dentro de la diversidad humana.
Condiciones como el Trastorno del Espectro Autista o el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad son comprendidas no solo en términos de déficit, sino también de estilos cognitivos distintos.
Sin embargo, en el ámbito clínico y social, el diagnóstico suele irrumpir como una noticia que reconfigura profundamente la identidad familiar. Para muchas madres, el diagnóstico marca un antes y un después, activando emociones intensas: shock, negación, culpa, miedo, tristeza y, en algunos casos, vergüenza social.
El duelo materno: dimensiones psicológicas
Siguiendo el modelo clásico de Elisabeth Kübler-Ross, pueden identificarse etapas emocionales —negación, ira, negociación, depresión y aceptación— aunque en la experiencia real estas no son lineales ni universales. En el caso del duelo por la neurodivergencia, la pérdida es ambigua: el hijo está presente, pero el hijo idealizado se desvanece.
Desde el psicoterapia humanista, este proceso puede entenderse como una fractura entre el hijo fantaseado y el hijo real. La madre se enfrenta a la tarea de reelaborar su narcisismo parental, es decir, la proyección de sus deseos y expectativas en el hijo. El duelo implica renunciar a ciertas representaciones para construir otras nuevas, más acordes con la singularidad del niño.
A nivel emocional, este proceso puede estar atravesado por:
-Culpa: especialmente en contextos donde persisten mitos etiológicos.
-Sobrecarga crónica: derivada de demandas terapéuticas y educativas.
-Aislamiento social: por incomprensión o estigmatización.
-Ansiedad anticipatoria: respecto al futuro del hijo.
Duelo y construcción social de la discapacidad
El modelo social de la discapacidad sostiene que la limitación no reside exclusivamente en la condición neurológica, sino en las barreras estructurales y culturales que impiden la participación plena. Desde esta óptica, parte del sufrimiento materno no proviene únicamente de la neurodivergencia en sí, sino de un entorno poco inclusivo.
En sociedades donde predomina una narrativa de rendimiento, éxito académico y normalidad conductual, la madre puede sentirse interpelada como responsable del “ajuste” del hijo. La presión por normalizar puede intensificar el duelo, al situar la diferencia como fracaso.
No obstante, cuando la madre logra transitar hacia una perspectiva de aceptación activa —reconociendo fortalezas, estilos cognitivos particulares y formas alternativas de desarrollo— el duelo puede transformarse en un proceso de resignificación.
De la pérdida a la reconfiguración del vínculo
El tránsito saludable del duelo no implica negar las dificultades reales que pueden acompañar a ciertas neurodivergencias, sino integrar la diferencia sin reducir la identidad del hijo al diagnóstico. Diversos estudios en psicología positiva familiar muestran que muchas madres desarrollan:
-Mayor empatía y sensibilidad emocional.
-Fortalecimiento del sentido de propósito.
-Redes de apoyo solidarias.
-Redefinición de valores vitales.
El duelo, entonces, se convierte en un proceso de maduración vincular. La madre no solo “acepta” al hijo, sino que reconstruye su propia identidad materna. En este sentido, la experiencia puede generar una ética del cuidado más consciente y crítica frente a los modelos normativos de desarrollo.
Riesgos clínicos y necesidad de acompañamiento
Es importante reconocer que no todas las madres transitan el duelo de manera adaptativa. La falta de apoyo profesional, la precariedad económica o la ausencia de redes familiares pueden favorecer la aparición de depresión, ansiedad o burnout parental. Por ello, el acompañamiento psicológico temprano y la psicoeducación son fundamentales.
La intervención clínica debe evitar reforzar narrativas de déficit absoluto y, en cambio, promover una comprensión integral que articule necesidades terapéuticas con reconocimiento de capacidades. Asimismo, incluir espacios grupales con otras madres puede disminuir el aislamiento y facilitar la elaboración simbólica del duelo.
Conclusión
El duelo materno ante la neurodivergencia del hijo no es un signo de rechazo, sino la expresión humana de una pérdida simbólica. Reconocer este proceso permite despatologizar la experiencia emocional de la madre y comprenderla como parte de una transición identitaria compleja.
Más que un final, el diagnóstico puede convertirse en el inicio de una nueva narrativa familiar. Allí donde se desvanece el hijo imaginado, emerge la posibilidad de conocer al hijo real en su singularidad irrepetible. El duelo, entonces, no es la negación del amor, sino su transformación: amar no lo que se esperaba, sino lo que es.
Centro Vioss
Pablo Lorenzo García