05/02/2026
https://www.facebook.com/share/p/1DZ2vNaFts/
Nadie se acuerda ya de lo que era el sarampión antes de que las vacunas lo calmaran todo, pero aquello era, siendo honestos, una carnicería silenciosa. Dos millones y medio de personas muriendo cada año... es una cifra que marea si te detienes a pensar en lo que significa cada una de esas vidas.
Es un virus de esos con nombre de trabalenguas Paramyxoviridae, si queremos ser técnicos que se mete en el cuerpo y se queda ahí, agazapado, durante casi dos semanas en las que no sientes absolutamente nada. Es una trampa.
Luego, de golpe, todo explota. Empiezas a arder en fiebre y los ojos se te ponen rojos, inflamados, como si hubieras pasado una noche entera llorando. La tos está siempre ahí, molestando, porque tienes las vías respiratorias hechas fuego por la inflamación. Y después llegan las manchas. Ese color rojo característico que te va invadiendo la piel lo que los médicos llaman exantema y que te deja el cuerpo molido. Lo peor es que eres un foco de contagio andante desde que empiezas a moquear hasta días después de que te sale el sarpullido; es un ciclo perfecto para propagarse antes de que te des cuenta de que estás realmente mal.
Me atrevería a decir que hoy somos demasiado confiados. Creemos que es una "enfermedad de niños" y ya está, pero en grupos de riesgo o donde la comida escasea, el sarampión mata al 10% de los que infecta. No es una broma. La cosa se complica de formas horribles: neumonía, convulsiones o esa encefalitis que te fríe el cerebro y te pone en peligro de muerte en un abrir y cerrar de ojos. Incluso te puede dejar ciego o sordo. Aquí es donde la cosa se pone seria porque, siendo realistas, no existe un tratamiento. No hay una pastilla mágica que lo cure una vez que lo tienes. Solo queda aguantar y esperar que la vacuna esa triple vírica que tanto ha ayudado haya hecho su trabajo antes.
Hubo planes ambiciosos para borrarlo del mapa en Europa hace años, allá por el 2007 o el 2010, pero la realidad siempre es más terca que los calendarios de los despachos oficiales. Quizás me equivoque, pero a veces parece que hemos olvidado lo que es ver a un niño sufrir por algo que se puede evitar. Al final, nos quedan los datos y las historias de quienes lo vivieron de cerca, recordándonos que la salud es algo mucho más frágil de lo que nos gusta admitir cuando estamos sanos.