28/01/2026
El lunes por la mañana, cuando la enfermera revisó las habitaciones del asilo San Gabriel, la cama de la señora Leonor Wysocki estaba vacía.
Tenía 87 años, artrosis en las manos, la vista disminuida y una tarjeta amarilla junto a su nombre que decía “Vigilancia especial: riesgo de desorientación”.
Pero no estaba confundida.
Se había fugado.
No con ayuda, ni por accidente. Lo había planeado con meticulosidad: guardó dinero en el forro del abrigo, copió un mapa a mano y esperó la primera niebla del año para desaparecer sin hacer ruido.
Horas después, la policía la encontró… sentada frente al mar, comiendo helado de limón.
Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, dijo:
—Porque aún me acuerdo de quién soy. Y ya nadie más parece hacerlo.
La llevaron de vuelta. El personal del geriátrico, entre el susto y la risa nerviosa, la reprendió con suavidad. Pero Leonor no se arrepintió.
Ese mismo día, su historia se viralizó en redes. Una foto, tomada por un transeúnte, la mostraba con el helado en la mano y los pies metidos en la arena. El pie de foto decía:
“Abuela fugitiva busca su libertad a cucharadas.”
Miles de comentarios la convirtieron en símbolo de algo más grande. No era solo una anciana rebelde. Era el recordatorio de que la vejez no es una jaula, sino una etapa más de la vida. Y no por eso, menos viva.
A los pocos días, una periodista le pidió hacerle una entrevista. Leonor aceptó… solo con una condición:
—Quiero que también hables de las otras. De las que no pueden escaparse. De las que no se han olvidado de sí mismas, pero viven como si ya estuvieran muertas.
La entrevista fue leída por millones.
Contó que había sido costurera, que crió sola a tres hijos, que nadie la visitaba desde hacía años, pero que no se sentía triste.
—Me siento… desdibujada. Como si ya no existiera para nadie. Por eso quise salir. Para recordarme que todavía tengo forma. Que todavía me gusto.
Un mes después, una editorial le propuso escribir un libro con sus memorias. Ella respondió:
—No quiero contar lo que viví. Quiero contar lo que todavía me falta por vivir.
Y lo hizo.
El libro se llamó: “Aún no me fui.”
Tenía capítulos breves, algunos con recuerdos, otros con listas de cosas que quería probar: conducir un coche, besar a alguien sin avisar, aprender a bailar swing, ir a un karaoke y cantar Edith Piaf.
La editorial lo publicó con una advertencia en la tapa:
“Escrito por una fugitiva de sí misma que volvió a encontrarse.”
Leonor falleció tres años después, en su casa, no en un asilo. La cuidaba una joven que había leído su libro y se ofreció como acompañante.
Sobre la mesilla de noche, quedó un helado sin terminar y una libreta abierta con su última frase:
“Morirse no me da miedo. Olvidarme de vivir, sí.”
Derechos a su autor.
Abraza los que nos falta por vivir.
Sari Amesari PCH
Sahara Irasema Pech Chuc
Acompañamiento Psicoterapéutico y Lectura de Oráculos