11/12/2023
Mi madre es hija, como lo es mi abuela y mis ancestras.
Todos tenemos un origen en común hombres y mujeres, y solo tratando de encontrarme a mi he descubierto tantos misterios inciertos y oscuros.
Muchos de ellos siquiera son míos, algunos de ellos son de mi madre y otros tantos ni de ella, deshilachando sus historias, estoy tratando de encontrar respuestas y descubro la unión entre todos esos misterios.
Su útero es como una vasija, que en lugar de agua física contiene emociones, mismas que se formaron cuando ella estaba en el útero de su madre y en el de su abuela. El útero es un templo de creación y recreación en el que está construido mi linaje.
Puedo tratar de entender de donde proviene tanto dolor, tomar conciencia de tanta ira contenida, tantas lagrimas sordas anudadas en su garganta. De aquello que han vivido en miles de ocasiones las mujeres de mi casa.
Mi madre fue niña, fue hija, fue mujer, en su camino tuvo sueños cumplidos y frustrados, momentos de felicidad y no. Tuvo inquietudes y necesidades por brillar como las que nosotros tenemos ahora.
Ahora que le reconozco como mujer, como Diosa, me permito abrazar su sombra, ver el verdadero rostro de la mujer con la que me críe.
Reconozco su labor aún perene en esta tierra, reconozco su sangre en la mía.
De todos esos nombres de las mujeres de mi casa, de mi linaje, de cada una de sus lágrimas, de sus sonrisas, de todas ellas llevo luz y sombra, son en mi y decido honrarlas, encontrar el origen de su angustia y ponerle fin.
Reconocer y honrar ese linaje del que formamos parte, nos permite encontrarnos y abrazarnos con fuerza.
Abrazarles y amarles.