08/02/2026
—¿Y tú por qué no traes carro, Manuel?
Ya eres gerente… no te verías mal en una de esas camionetas nuevas que ofrece el banco.
Manuel solo sonrió
y siguió caminando hacia la parada del camión.
En la oficina se burlaban de sus zapatos de suela gastada
y de su celular con la pantalla rayada.
Para ellos, Manuel era “el codo”.
El que no iba a comidas de $800 pesos porque llevaba su propio tupper.
El que nunca entraba en tandas de relojes de marca
ni estrenaba deuda cada dos años.
Lo que ellos no veían
era el ritual silencioso de Manuel cada noche.
Llegaba a su casa —pequeña, sencilla, pero totalmente pagada—
y se sentaba a ver a su hija estudiar.
Ella no tenía los tenis “del momento”,
pero tenía algo mejor:
una cuenta de ahorros para su universidad
que crecía mes con mes.
Manuel no pagaba intereses.
Manuel compraba libertad.
El golpe llegó un martes negro.
Recorte masivo.
La empresa, esa por la que muchos se habían “puesto la camiseta”
y empeñado el sueldo,
les dio las gracias con un sobre frío.
El estacionamiento parecía un velorio de metal.
Camionetas brillantes…
y dueños paralizados de miedo.
Las notificaciones del banco no dejaban de sonar.
Las mensualidades seguían vivas,
aunque el sueldo ya no.
Manuel salió con su mochila al hombro,
caminando con la misma calma de siempre.
Uno de sus jefes, ahogado en deudas, lo alcanzó:
—Manuel… ¿cómo puedes estar tan tranquilo?
Nos acaban de quitar todo.
Manuel lo miró con paz, sin soberbia:
—A ustedes les quitaron el sueldo.
A mí solo me quitaron el trabajo.
Esa noche, mientras muchos no podían dormir
pensando cómo ocultar la verdad a sus familias
para no perder el “estatus”,
Manuel cenó tranquilo.
Su familia no lo quería por lo que manejaba,
sino por quien era.
No tenía camioneta del año.
Pero tenía algo que ningún banco vende:
el derecho a no tener miedo al mañana.
La verdadera riqueza
no se estaciona en la cochera.
Se siente en el pecho
cuando el mundo se detiene
y tú aún puedes seguir caminando.
Reflexión final:
Vive para ti, no para impresionar a los demás.
El “qué dirán” no paga facturas.
Pero el orden, la disciplina y la humildad
sí construyen la vida que vale la pena vivir.
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Créditos: Al Autor